Estaba muy cansado. Pedí un Uber para volver a casa. Tenía 10 minutos de viaje entre lo de Abril, en Beccar, y Moreno, mi casa de toda la vida en Victoria.
Era viernes, de noche, me sentía raro y había tenido una semana realmente de mierda. El trabajo se me hacía muy pesado y eso que ya había arrancado hace dos meses. Cada vez que avanzaba un paso, que aprendía algo nuevo, que sentía que el día terminaba mejor que el anterior, aparecía un problema más grande, una tensión más grande, un comentario desafortunado más grande y mis expectativas se caían como un jenga.
Me costaba mucho frenar el ritmo vertiginoso de pensamientos que arrastraba durante toda la semana. Sentía que el fin de semana era demasiado corto y mi salud mental demasiado frágil.
Mi día había empezado en lo de Abril. Mi trabajo era completamente presencial pero dije que me sentía mal, que tenía fiebre y que había vomitado durante la noche. Me ofrecí a trabajar igual, apelando a un poquito de buena voluntad de mi jefa, esperando que me diga algo así como “relaja, no labures, cuidate”. Su mensaje fue “ok”.
Había mentido. La verdad es que no tenía fiebre ni andaba vomitando sino que se me rompía de dolor la cabeza, pero faltar al trabajo por dolor de cabeza no existe.
Sentía agujas pinchando atrás de los ojos. Ese día para mi fue clarísimo, tener que estar en la oficina, mirando la pantalla de la computadora sin parar, haciendo de cuenta que las ocho horas de trabajo son productivas, no tenía ningún tipo de sentido. Fui bastante ingenuo. Pensé que trabajar desde casa me iba a permitir relajarme un poco. Trabajé desde las nueve hasta las ocho. Se venían días especiales y yo trabajaba en política. La política no duerme, y aunque no me lo avisaron en la entrevista yo ya lo sabía.
El día no había terminado y ya no tenía energía para nada más. Nos pedimos unas hamburguesas, pensando que eso me podía levantar un poco el ánimo, y aunque alguna vez me sirvió, esta vez no. Yo estaba con una sensación de insatisfacción total.
El Uber llegó tarde, tipo 12. Me subí, saludé al conductor y empezó el viaje.
Me gustó mucho el tapizado intento de cuero que cubría los asientos, de hecho fue lo primero que noté cuando me subí porque había apoyado la palma de la mano para acomodar el culo en el asiento. Hacía calor afuera, había mucha humedad, algo que también me tenía incómodo. Adentro del auto estaba lindo. Las ventanas estaban cerradas y con el aire acondicionado prendido la temperatura era perfecta.
Unos segundos después de arrancar el viaje me golpeó el olor que había. Era riquísimo. Un minuto antes de subirme le había halagado el perfume a Ine, una amiga de Abril que había ido a tomar una cerveza a su casa. Además, esa semana me había comprado el primer perfume de mi vida. Un Calvin Klein IN2U. Creo que mi olfato estaba fino esos días.
Pasaron un par de minutos y el perfume era cada vez más rico. Disfrutaba en cada respiración y el olor me empezó a traer recuerdos, me puso nostálgico. Yo estaba muy mal y esto me había hecho muy bien, quizás demasiado. Por primera vez en la semana me sentía cómodo, relajado. Mi cabeza venía cargadisima, pensando muchas cosas a la vez.
Había vuelto de vivir en Australia y quería encontrar en Argentina un trabajo que me guste, que me permita escribir, pero no estaba pasando nada parecido y eso me amargaba porque sabía que era mi culpa. No podía ser tan difícil, me repetía constantemente en notas mentales, pero la realidad es que se me estaba complicando.
Había llegado a la puerta de casa. Antes de bajarme del auto le pregunté al conductor de qué era el perfume. Me contestó que no tenía idea. Él quería que me bajara rápido para seguir trabajando. Hubo un silencio y se dio cuenta que yo necesitaba saberlo. Esperé varios segundo, más de lo normal, para agarrar la manija de la puerta.
El perfume era uno de esos aparatitos que se enganchan a las rejillas del aire, que tienen una especie de gelatina adentro. Lo sacó y se fijó en la parte de atrás. “Es de jazmín” me dijo. Le agradecí, bajé y apenas cerré la puerta pensé: claro, el mismo olor que hay en el jardín de casa todas las primaveras desde que tengo dos años. No entendía cómo no me había dado cuenta antes, era el mismo olor, idéntico.
Yo venía muy mal, había estado toda la semana muy triste y de repente me sentía bien, ese olor me había hecho muy bien. Obvio, era viernes, pero no le daba la razón de mi cambio de humor a eso. Mi casa ya estaba vendida pero había vuelto a casa.






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