Desde que soy chica conozco la mala reputación de los 27. Más allá de la famosa maldición que se llevó leyendas como Cobain, Hendrix, Joplin, Winehouse y más, tiene una reputación negativa por vivencias menos trágicas y más silenciosas. No tiene que ver con morir joven sino con lo opuesto: la sensación de que el reloj está sonando, ya estás en edades técnicamente adultas y deberías haber resuelto algo de tu vida.
Con los 27 llega una especie de angustia que es difícil de desprenderse. Es inexplicable, porque hace unos años yo pensaba que esta edad no tenía que sentirse necesariamente así, pero de alguna forma sucede. Con los 27 llegan comparaciones inevitables, el verse a uno mismo perdido mientras amigos dan grandes pasos en sus vidas, en sus carreras, en sus vidas amorosas. En caso de haber estudiado una carrera universitaria, a los 27 ya estás lejos de esos años. Estás lejos de los sueños idealistas de los 20 y estás harto de no tener un peso. A los 27 también te cuesta identificarte con la persona que eras a los 22, persona que parecía tener la vida más resuelta que ahora. A los 27 tus amistades no se viven como antes, la intensidad se diluye, el vínculo evoluciona.
Una película que retrata el caos de esta edad es Frances Ha, dirigida por Noah Baumbach y coescrita por él mismo junto a Greta Gerwig. Filmada en blanco y negro, sigue a Frances Halladay (Gerwig), bailarina y aprendiz en una compañía de danza en Nueva York. Frances es un espíritu libre, flotando felizmente por la vida hasta que se da cuenta de que está flotando hacia ningún lado. El desencadenante es cuando su mejor amiga y roommate, Sophie, decide mudarse a otro departamento.
Frances y Sophie son, durante el principio de la película, una sola unidad. Comparten departamento, almuerzos, cigarrillos en las escaleras de escape, hasta ocasionalmente comparten cama. Lo hermoso de la película es cómo retrata su intimidad, no se trata de grandes experiencias o anécdotas increíbles sino que son pequeñas charlas mientras se lavan los dientes. Sus relaciones románticas están en un segundo plano porque ellas son los amores de sus vidas.
Cuando Sophie se muda, ese micromundo muere y con esa muerte Frances queda a la deriva. Es como si Sophie estuviera dando un paso hacia la vida real, hacia la adultez. Sophie empieza a crecer, y Frances queda paralizada.
Sin forma de pagar un alquiler por su cuenta, sin posibilidad de ser bailarina profesional porque a los 27 ya es tarde, Frances va corriendo por las calles de Nueva York mientras trata de resolver su suerte. En su camino hace nuevas amistades y hasta trata de replicar con otros su vínculo con Sophie, con quien considera que «cortaron». La película se convierte en una serie de tropiezos y frustraciones. La incertidumbre económica de Frances, hasta su cierta inmadurez, es una gran parte de su desorden general, pero no como un defecto sino como oportunidad para crecer (los adultos también necesitan crecer).

Luego de un frenesí de decisiones erróneas, un viaje impulsivo a París y oportunidades laborales rechazadas, la vida la termina llevando de vuelta al campus universitario donde estudió años atrás, sólo que esta vez sirviendo vinos en eventos de caridad. No es casualidad, Frances habla de su vida universitaria en reiteradas ocasiones, siendo ese el lugar donde conoció a Sophie. Irónicamente, es allí donde se reencuentran. Esa noche, Sophie termina borracha y es Frances quien la cuida y la consuela. Sophie le confiesa que estuvo embarazada y, para su alivio, que había tenido un aborto espontáneo. En ese switch, ese leve cambio de roles donde Frances parece ser la adulta y Sophie una niña, nuestra tan amada protagonista empieza a entender la adultez como algo separado de lo que tradicionalmente se considera «adulto». Es una etapa más amplia y abierta de lo que había imaginado.
Para el final, el título de la película cobra sentido. Frances Ha, no Halladay. Una mujer de 27 años que todavía no terminó de emerger, pero que está en camino.

Ayer cumplí 27 y, como todos los años, volví a ver esta película. Mi película favorita desde hace casi diez años. Sólo que esta vez tengo la misma edad que este personaje que tanto amo y que tanto me reconforta. Esta vez fue distinto.
Creo que no hay forma de escapar de los growing pains de esta edad. Frances Ha se siente como un abrazo que confirma que no importa cuál sea la crisis existencial, no estamos solos. Para eso está el arte. Estamos en camino.





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