Estaba tomando una cerveza en el bar de la esquina de casa, Moreno, mi casa de toda la vida en Victoria. Fui solo, necesitaba un espacio conmigo para escribir sobre el último libro que leí, “Las voces del desierto”, un libro que me gustó mucho. Sentí la necesidad de escribir en un documento de google, todo lo que me pasó leyéndolo. Había llevado la computadora.

Las voces del desierto se desarrolla en pleno outback australiano. La autora y protagonista principal, Marlo Morgan, se encuentra en un viaje a pie por el desierto, en compañía de una tribu aborigen milenaria llamada “Los auténticos”. Yo viví en el desierto australiano.

Me había sentado afuera, en una de las mesas que limitan con Avenida Perón. Afiches es un bar concurrido en el barrio, así que tuve suerte, no siempre se encuentran esas mesas con la avenida, las más lindas.

Al toque de sentarme, atrás mío, escuché una conversación en Inglés. Al principio intenté concentrarme en mi propósito, en el movimiento de mis dedos y el teclado. No pude. Venía de vivir dos años en Australia y ese acento aussie, sumado al mate (amigo en inglés) que ya podía percibir, me dio una curiosidad enervante.

Estaba tratando de escribir y me era realmente imposible. El aussie era muy aussie, con inglés cerrado como el que tienen los farmers en el outback, distinto  a los oriundos de ciudades costeras. Traté de aguantar un rato, de concentrarme de nuevo después de girar mi cuello varias veces para escuchar aunque sea un poquito con mi oído derecho. No lo logré, entonces decidí darme media vuelta e improvisar algo

El aussie estaba sentado con una chica que por suerte hablaba español. Era Argentina, me gustó su pelo, su voz y su perfil izquierdo (que era lo único que alcancé a ver). Para mi suerte, más tarde me enteré que solo eran amigos y que se habían conocido cuando ella viajó por Oceanía con la visa work and holiday, la misma que usé para vivir en Australia. Eso fue lo primero que me contaron después de que interrumpí la charla.

Les dije, en un inglés bastante mejor que el que tenía durante el colegio, que había reconocido el acento australiano. Después de eso, a partir de la curiosidad que me daba él y lo sorprendido que me dejó la belleza de ella, les pregunté si podía invitarles una birra y sumarme a la conversación. Dijeron que sí.

Me puse verborrágico. Les conté que había vivido en Australia, un tiempo en el Outback, en una granja rodeado de animales salvajes, muy cerquita de un pueblo llamado Walgett, en el estado de New South Wales. Ella reaccionó sorprendida, “mirá vos” me dijo.  “no puedo creerlo, trabajé ahí seis meses, a media hora del pueblo”. Se llamaba Abril y había trabajado en Milrea, un campo famoso en la zona, que pertenecía a Jay Murray, hermano de mi Jefe, Cameron Murray. Parece que la familia Murray, terratenientes desde los orígenes de Australia como el país que conocemos, ya habían pasado por varias herencias. Cam era dueño de Coonong (arroyo en idioma aborígen), el campo donde había trabajado durante varios meses. Que chico es el mundo, pensé. Pero la charla no se detuvo ahí, por supuesto.

Empezamos a hablar entre los tres sobre Australia, la calidad de vida, el trabajo, la música, y así pasó el tiempo, los minutos, los segundos, una birra más y otra y otra.

La compu ya la había guardado hace rato y el foco estaba completamente puesto en esa conversación entre tres. No hubo necesidad en ningún momento de preguntarnos que habíamos estudiado o a que nos dedicábamos, algo que me pareció síntoma de una charla mucho más interesante que aquellas que empiezan con un ¿A qué te dedicas? ¿Qué haces de tu vida? Comienzo que nunca me gustó.

Al final sucedió, obvio, pero ya cuando realmente no importa. Empecé preguntando. Abril era psicóloga y atendía niños con discapacidad. Contó un poco sobre el centro de cuidados en donde trabajaba, lo duro de su vocación.

Fue el momento de Tim. “Astronauta” respondió cuando le pregunté. Antes de que diga algo más lo interrumpí. La interrupción fue breve. Me acordé de mi defecto y lo desintegré en el instante. Contó que trabajaba para la NASA y mi locura hizo que lo volviera a interrumpir. Le conté que de chico mi sueño era ser astronauta, pero que nunca lo vi como algo posible a pesar de que el espacio me volvía loco y que podía pasar horas mirando arriba. Le dije que Venus era mi planeta preferido y Betelgeuse mi estrella predilecta. Por suerte aprovechó mi suspiro profundo, mi mirada al cielo y en inglés me dijo que su planeta preferido era Marte, desde aquél día que pisó su suelo, y que su estrella preferida era Spica, la favorita de mi viejo.

Seguimos charlando, divagando, borrachos los tres y yo les comenté que el espacio me daba mucha curiosidad, una curiosidad que supera mis expectativas de conocerlo. Él asentía con la cabeza cada idea que yo esbozaba, cada palabra que yo decía. Ella me miraba con atención.

Yo estaba agradecido por mi encuentro con semejante personaje como Tim. Un poco de envidia me daba, él era astronauta y había viajado a Marte. Aún así, yo notaba una tristeza profunda en sus ojos, más profunda que lo normal.

Abril percibió lo que yo percibí y para dejar de pensar en esos ojos que escondían angustia le preguntó hace cuánto había vuelto de la expedición. Me gustó la pregunta, y al instante me di cuenta que era la pregunta que desnudaría las emociones de Tim.

“Hace ya varios meses” dijo. Tomó un trago largo de cerveza y siguió: “Aún siento que no volví. Siento que no estoy ni acá ni allá. Es como si yo fuese un fantasma para el que el tiempo pasa pero que nada siente, que nada toca. La inmensidad que hay en el más allá es mucho más omnipotente que el mismísimo Dios, que la mismísima muerte”. 

La tristeza que le había visto en los ojos era real, lo había percibido. No tenía la confianza suficiente para indagar en lo que contaba, pero definitivamente quería saber más, no sé por qué. Quizás porque lo entendía. 

El alcohol me había sacado varios filtros, a todos. Di un trago largo de cerveza y pregunté. “¿Qué es lo que pasa, Tim?”

Mi amigo aussie empezó a contar lo vivido. Los años de preparación, todo el esfuerzo que tuvo que atravesar camino al espacio. “Fue una odisea, casi una tortura”, decía.

De un momento a otro se largó a llorar. Lloró y lloró. Yo no sabía qué hacer. Abril era psicóloga y además lo conocía. Lo abrazó fuerte, como una madre a un hijo después de lastimarse. Le dijo que lo entendía y le pidió que respire profundo, prometiéndole que todo iba a pasar.

Al rato Tim se tranquilizó, se río un rato, consciente de su borrachera. No se sentía bien pero tampoco tan mal. Dijo que tenía ganas de irse, se levantó y me saludó con un abrazo, algo raro para un aussie. Me pidió disculpas por la situación. Yo no sabía cómo explicarle que para mí había sido alucinante conocerlo.

En su necesidad de justificar su tristeza, su angustia me dejó una hoja escrita por él a puño y letra. Estaba impresa, como si hubiese hecho varias copias. Antes de irse me dijo: “I hope you understand me without judgements”. Tim se fue y Abril con él.

Unos minutos antes, mientras Tim reía mirando el cielo, aproveché para ofrecerle a ella mi número de teléfono en un papel. Sonrió y lo aceptó.

Más allá de que sabía hablar inglés, me pareció bastante complejo lo que decía en la hoja que Tim me había dejado, así que le saqué una foto y le pedí a chat gpt que me ayude a traducirlo de la forma más literal posible. Esto es lo que me devolvió en pocos segundos:

Es difícil escribir cuando la sensación se fue. Está bien, tenés tu cuaderno de notas pero la tinta que usaste para escribir esa idea, esa frase corta que te recuerda lo que sentiste, quedó vacía. La ansiedad no está galopando en tu pecho como hace unos días atrás. Tu mente por primera vez en la semana se relajó. Te fumaste un porro, te reíste, sentiste que toda la angustia que te acompañó durante la semana fue en vano, que no tuvo ningún sentido. Te proponés terminar con ese círculo vicioso del que no podes salir, ingenuo, como si pudieses cortarlo. Al día siguiente te levantas mejor, más entusiasmado, pero al rato se te presenta alguna situación que te saca de esa momentánea sensación de disfrute, va, ni siquiera, de tranquilidad. Todo se derrumba, la ansiedad se apodera de vos, de cada célula de tu cuerpo. El cuerpo te vibra, estás mal, sentís que el lugar que ocupas en este mundo tambalea, como si no estuvieras pisando. Te querés ir de ahí, del lugar físico y del lugar en el que se encuentra tu mente. Perdés el foco, la atención, lo que está pasando alrededor pierde absoluta relevancia. Deja de importar si estás en una reunión importante, con gente importante, que finge ser importante. Tu cabeza ya está en otro lado, lejos de ahí, buscando el sentido, un sentido que le de un poco más de sentido a tu existencia. Querés ser feliz pero no sabés cómo. Querés un trabajo que te haga feliz pero no sabes cuál, ni siquiera sabes si un trabajo te puede hacer feliz o si simplemente tenés que rendirte, resignarte a tener un trabajo que simplemente te permita sobrevivir, lo que ya es un montón. Te acordás de la frase de León Tolstoi que viste en la sección imágenes de Google, “El secreto de la felicidad no está en hacer siempre lo que se quiere sino querer siempre lo que se hace” y te parece convincente, pero al rato te la olvidas. Además, pensás que este gran pensador tiene razón pero te molesta porque no te dijo cómo lograrlo.

Terminé de leerla y me largué a llorar. Miré al cielo y dije en voz baja: “Claro que te entiendo Tim, gracias”.

 


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Respuestas a «#2. Conocí un astronauta»

  1. slowlyresilient6b9ae0c166

    Increible! No pude parar de leerlo, cada vez mas cerca de la pantalla.

    1. Espectacular!!!

  2. María Paula Aroza

    Pipe, excelente narración, siempre me sorprendes!!!!
    Seguí deleitándome con tus historias, tkm

  3. Ay Felipe por dios. Lagrimas en los ojos.
    Sos muy genio. Te amo

  4. valiantlyvaliant87ab29a6b3

    Enormeee!! Lagrimas, placer y más!!

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