Qué cagazo quedarse sin laburo. Que la IA, este contexto, lo ridícula que se tornó la explotación. Sturzenegger trabaja todos los días para que estés lo más cerca posible de que el miedo se cumpla. 


En Argentina se discute la reforma laboral. Ya tiene media sanción: 42 a 30 en Senadores. Siempre la misma banda de runflas que, una vez más, trafican argumentos que vuelven a parecernos válidos. 


Ayer fui a la marcha. Pude ir porque hace unos meses tomé la irracional decisión de dejar mi trabajo en relación de dependencia. Fui tu amigo freelancer un miércoles cualquiera a las 14 horas. Es decir también que soy ese porcentaje de la población que se usa como argumento central para hacer pasar por racional esta locura: Más del 40% de la población activa ya no tiene los derechos que se van a perder. Que los pibes no quieren tomarse todas las vacaciones de una. Que les gusta trabajar 12 horas. Que están para que les manejen los horarios a gusto del empleador. Que todo bien si se enferman y cobran menos. Viste cómo e’ ya no se entiende en qué andan estos pibes, ja.  


A la marcha convocó la CGT, con arreglo mediante anunciado por Patricia Bullrich. No hubo paro pero hubo marcha. También llegó la represión, cuyo acting vandálico previo se vuelve cada vez más patético, espectacular y guionado. El sábado hubo otra marcha, la segunda edición de la marcha antifascista y me enteré recién. El género atraviesa momentos confusos.

 

Volvamos al trabajo, que “después del hogar y la escuela, es un insustituible moldeador del carácter de los individuos y según sean estos, así serán los hábitos y costumbres colectivos, forjadores inseparables de la tradición nacional.” Bien. Desde el 2017 para acá, lo que es moldeador del carácter de los individuos y los hábitos y costumbres colectivos significa inestabilidad, precarización, miedo y esa forma de competencia entre pares que deviene aislamiento. 


Antes de ir a la marcha, trabajé. En la marcha, también. Mandé unos mensajes mientras tomaba una birra viendo la columna de aceiteros pasar. Lo hacía antes, cuando me escapaba de los trabajos para ir 2 horas a alguna marcha que consideraba importante. No es una novedad. La novedad es que decidí dejar los derechos laborales —que para mí siempre fueron algo así como un motivo de orgullo patrio— para tirarme al vacío del freelancer, del trabajador que se asume solo. La ilusión idiota de la época. Tiene cositas: no evadí obstáculos para marchar y el privilegio de poder luchar por los derechos de los propios. Asumirse parte es una declaración austera de guerra contra el sinsentido de la supuesta independencia que se propone como único horizonte posible y se esconde en los supuestos deseos que señores de 60 años le atribuyen a eso que llaman jóvenes.  


Modernización laboral. 


Dice el general que “hay quienes pescan a río revuelto y les conviene que los demás estén desorganizados, para aprovechar todas las ventajas en beneficio personal”. Estamos en esa. Desorganizadxs. Como esperando algo que aparezca por fuera nuestro para sentir enojo y que el aislamiento tenga un poco más de sentido. 


Voy a ordenar un poco mis ideas: Los trabajos se volvieron poco atractivos. No son constitutivos de la personalidad. El consumo ocupó ese lugar. El espacio de trabajo solo ocupa el lugar de medio para una pilcha mejor, un viaje, un almuerzo. Y pará de contar porque tampoco sirve para proyectar algo más allá, ¿un pibe? ¿estás loco? Paradójicamente, la autoexplotación aparece como el tandem perfecto para acompañar al consumo. ¿Cuál es el fin? ¿Hay fin? Estamos convencidos de que la dignidad se la hace uno solo. Como si existiese esa posibilidad.


La dependencia. 


Hasta acá. Desordenado. Pero para salir del apuro y decir que siempre hay que pensar y garantizar la «suprema dignidad del trabajo».


Nos vemos la semana que viene.



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