En este nuevo año de Queda Acá el único objetivo que tengo es tratar de armar una mentira para gambetear lo más posible la desidia de retener solo datos inútiles consumidos en 15 segundos de la mano de un mexicano sobregirado.
Queda Acá no va a tener un formato, ni una línea. Va a intentar ser algo, antes que nada.
Hoy: la excusa.
Después del suicidio de mi hermano, pasadas las 48 horas de conmoción, nunca más lloré.
Estuve a punto muchas veces pero no. El llanto me es esquivo, lo hago esquivo. La mejor forma que tengo de atravesar el dolor es por medio de una mediocre literatura del yo que no me importa ni a mí. La última vez que lo lloré a Juan, su cajón todavía estaba sobre pasto pero la última vez que le escribí fue hace unas semanas, cuando se cumplió la segunda navidad que no se arma un fernet en vaso de plástico para competirle a la copa de sidra.
Le dije que lo extrañaba. Que me gustaría llorarlo y que sabía que a él esa frase le hubiese parecido de putito. Que la violencia la tenía cerca pero la ternura le salía mejor. Que cuando escucho Led Zeppelin lo siento conmigo. Y que trato de no escuchar seguido porque tengo miedo de gastar la sensación, que pierda valor.
***
Son las 5 am. Todavía no se fue a dormir. De arriba se ve la luz prendida de su pieza. Mañana es navidad y navidad a él lo exalta. No entiende lo poco que dura el festejo en mi casa, le molesta que se corte rápido, que nadie ponga música, que no se baile hasta que no se pueda más. Una puerta se abre y se cierra como si fuesen las 11 am o como si se hubiese formado una corriente de aire fuerte. La luz queda prendida, la puerta queda abierta y golpea, ahora si, por el aire. Una fuente de carne envuelta en film lista para la mesa navideña queda afuera de la heladera, con el film roto como si el hambre no soportara el tiempo que lleva abrir bien el plástico para que pueda cerrar de nuevo. La carne quedó visiblemente diezmada, imposible de camuflar.
Es navidad.
Juan se está levantando. La mesa está lista. Dos mesas, una pegada a la otra. Dos manteles. Catorce sillas. Pesebre. La fuente de carne está llena de nuevo, como si no hubiese pasado nada. Copas de vino, los platos para visitas. Casi las 9 pm.
– Buen día.
Silencio.
Primera vez que se lo ve el 24 de diciembre. Atraviesa el saludo con el cuerpo y pasa a la mesa sin mediar palabra. Vestido de gala: Chancletas Hawaianas, bermuda de jean y remera negra. Recién bañado, impecable. En una mano el vaso de la licuadora repleto de fernet. En la otra, un parlante.
Suena Led Zeppelin.
Come un pedazo de carne de la fuente que atacó anoche, corre la copa de vino y apoya el fernet.
Navidad. Ya estamos todos en la mesa. Alguien apaga la música, seguro papá. Juan la vuelve a prender. Mientras se come, la escena sucede tres o cuatro veces sin que nadie lo exponga. Una recarga de fernet y pasó la comida. La familia entera brinda afuera. El pico máximo de fiesta lo protagoniza una tía abuela que pasó los 100 años hace rato y se emociona cantando Lunita Tucumana de tan tucumana que es ella.
Ahora las dos mesas están vacías. Sobre los manteles no hay nada más que el vaso de la licuadora cargado como si nunca nadie le hubiese convidado un sorbo. No llega a ser la una de la mañana y se terminó.
– ¿Están acá?
Me pregunta si están acá. Estamos en su pieza. El éxtasis festivo bajó más rápido de lo esperado y no se conoce el suelo. Me pregunta si están acá pero no habla de nadie que yo pueda ver.
A la mañana siguiente aparece contento. Temprano. Me dice que se dio cuenta de que no estaban ahí. Arrancó temprano el éxtasis cuyo bajón, otra vez, no conoce el piso.
***
Cuando quiero llorar escribo y se me pasa. Una actitud de cagón, una más. Me gusta que escribir sea una excusa. Todo texto me parece largo, excesivamente largo. ¿¡Cuánto tenés para evadir que largás tantos caracteres!?
Tirar todo y saltar al vacío de la hoja en blanco. Cómo la detesto. No se llena. Escribiría solo frases pero hay que ser bueno para eso y bueno uno no es. Solo queda el oficio y para oficio tiene que haber una supervivencia que atravesar para permitirse el galardón. En mi caso, por ahora, sobrevivir a que el cuerpo pueda expresar algo.
Voy a intentar encontrar excusas para buscar el oficio. Espero volver a odiar mucho a la familia Caputo, decir con Duka que es todo culpa de Mauricio Macri y preguntarme por qué nadie habla de que todo lo que producimos se va a sola declaración jurada por el Paraná. Todavía es muy enero para ir por ahí. Mejor empecemos con la tragedia familiar.
Hasta la próxima.






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