18 de diciembre de 2020. A dos días de cumplirse los exactos 9 meses de decretada la cuarentena yo estaba en el aeropuerto de Ezeiza a punto de subir a un avión. Y un vuelo siempre es un buen final.
El 17 de marzo, tres días antes de la cuarentena obligatoria, los supermercados explotaron de gente que encontraba en el rumoreo de un posible encierro, un apocalipsis para el cual había que abastecerse de papel higiénico.
Los no-lugares, de principio a fin.
Los no-lugares son espacios genéricos que pueblan el mundo en el que vivimos. En Ushuaia y en el punto más nórdico de Canadá hay espacios que se repiten, espacios cuyo contexto no penetra la arquitectura ni las acciones que se realizan en su interior. Un supermercado es un no-lugar: pasillos ordenados en secciones, góndolas, productos cada vez más iguales y ordenados de formas muy parecidas, cajeros, barra detectora de robos, puerta de vidrio, fin. En todo el mundo igual.
En los no-lugares la coyuntura llega más rápido, llega al compás de la noticia; la tele dice que subirán los precios y en el super ya subieron, el gobierno prevé las vacaciones y la terminal o el aeropuerto colapsan. Se anuncia una cuarentena estricta y en el super la fila ya se hace puertas afuera, los aviones y los micros desaparecen, los bancos y los shoppings cierran.
La pandemia golpeaba todavía, el 18 de diciembre de 2020 se registraron 7 mil nuevos casos y 138 muertes por Covid en Argentina. Yo estaba en un taxi por General Paz, viendo la autopista a través del nylon que separa los asientos de adelante con los de atrás. Pensaba en esa primera imagen del encierro: 21 de marzo. Desde un helicóptero, el presidente observa la General Paz vacía para mostrar la responsabilidad con la que la ciudadanía cumplió con lo mandado. 9 meses después, la autopista había recuperado su tránsito normal y yo estaba yendo a un aeropuerto, a tomarme un avión.
Para mí, los finales de año son siempre un avión. Soy de Salta y, como una buena parte de la gente de mi edad que tiene la posibilidad, estudio fuera de Salta. No hay estudiante foráneo que no sienta por su cuerpo el fin de algo cada vez que regresa a sus pagos. A mí me pasaba cada 6 meses, mi tiempo de corte. Esta vez fueron 11, casi el doble. En ese taxi viajaba más de un final.
El destino era Ezeiza, como si me fuera a ir a otro país, como si la duración del vuelo que me esperaba fuese más larga que la del taxi que me llevó hasta ese no-lugar. No, pero parecía.
Los aeropuertos son monumentos de los no-lugares, la estandarización hecha edificio. Puerta corrediza con limpieza personalizada, pisos blancos y brillantes, gente de traje y una infinidad de lugares para uso provisorio: negocios, embarques, oficinas, depósitos, cintas de equipaje. Todo dispuesto para que eventualmente lo use otra empresa. Lo que se dice un edificio funcional. Hasta que llega una pandemia y hay que sacar todos los trastos al sol.
Así encontré el aeropuerto de Ezeiza a tres horas de mi vuelo. Todo estaba dispuesto al aire libre. Todo muy cuidado. Mis manos ya tenían tres alcoholes en gel distintos. A cada paso debía pasar por una fila prolijamente separada por dos metros de distancia. La pandemia estaba ahí, afuera.
Una vez adentro, se terminó la pandemia. Los enormes espacios del aeropuerto estaban absolutamente vacíos menos el preembarque: unos 25 metros cuadrados donde me encontraba yo y cientos de pasajeros más esperando 6 vuelos distintos. No entrábamos en ese espacio. El último suspiro de Buenos Aires fue una sensación de final, de relajamiento innecesario que volvía estúpidos todos los recaudos anteriores.
El avión aterrizó en Salta.
Y el fin de la pandemia se prolongó a todas las situaciones de mi vida.
La idea tomaba forma, la pandemia estaba sellada. 9 meses espantosos pero el horizonte era un verano normal, como todos los veranos. Eso que voy a buscar a Salta cada diciembre.
Todavía nos esperaban 74.560 muertes.
El 2021 no fue ese verano. Me tomé unas vacaciones de la pandemia, nada se terminó. Desde el primer muerto por Covid al 18 de diciembre se murieron 41.672 argentinos. El final se detenía ahí, pero desde ese momento a hoy el número de muertos casi duplicó esa cifra.
Volver a empezar. En Buenos Aires desde los primeros días de febrero, mi vida volvió a marzo de 2020. Solo queda buscar otro final, otro avión. Uno que me deje bien parado, pero ahora me permito dudar. Diciembre de 2020 fue pura convicción. Mi final de pandemia se quedó en ese taxi, en ese cuarto de Ezeiza irónicamente lleno de gente, en ese avión de la línea aérea Andes, en ese vuelo y en ese primer abrazo con mis padres desbarbijados. Todo lo demás fue una prórroga agobiante que me hace desconfiar de los finales.






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