Hay series que te reciben con los brazos abiertos y hay otras que simplemente te reciben con una cachetada. Hay series que están hechas puramente para el confort y otras que vienen a espantarte y, con ese espanto, enamorarte por completo. Girls, la comedia-drama creada por Lena Dunham y emitida por HBO entre 2012 y 2017, pertenece a la segunda categoría. Seis temporadas que retratan la vida de un grupo de amigas en sus veintipico en Nueva York: caótica, incómoda, a veces difícil de ver. 

La primera vez que la empecé tenía 21 años. Me pareció demasiado. Demasiado cruda, demasiado oscura, demasiado incómoda. En algún momento del primer o segundo capítulo tomé la decisión de que no era el momento y que era una serie para más adelante. La guardé mentalmente como quien guarda un libro que sabe que va a necesitar en otro estado de su vida, y así fue. A los 26 decidí que era momento y me adentré en ese mundo. No me equivoqué.

Algo que la distingue de otras series es que Dunham no romantiza nada. La premisa suena parecida a Sex and the City, pero la diferencia generacional es un factor clave, y no solo en edad: es en la mirada. Mientras una construye una fantasía sobre cómo se supone que tiene que ser la vida, la otra se dedica a desmantelarla. En Girls no hay plata para los brunchs con las amigas, el mundo de las citas es un desastre impredecible, y los veinte, lejos de ser fabulosos, son una combinación de caos, desacierto, brutalidad y momentos mágicos. 

Otro factor que distingue a Girls es la complejidad de sus personajes. No pasa lo que pasa con otras series: ese juego de identificarse con uno y solo uno, el «yo soy una Miranda», el «yo soy una Carrie». Acá eso no funciona porque los personajes de Girls son, en su mayoría, poco agradables. Hacen lo que no deberían hacer, dicen lo que no deberían decir, y sus habilidades para la toma de decisiones son paupérrimas.

Si hablás de esta serie con cualquier persona, nadie te va a admitir que es una Hannah. O una Jessa. Nadie quiere serlo. Nadie quiere reconocerse en un personaje vago, egoísta y autodestructivo. Pero ahí está la trampa (y la genialidad de Dunham) porque en realidad los veinte son exactamente así. El rechazo a Hannah no es distancia, es incomodidad. Y la incomodidad, casi siempre, es reconocimiento.

Ya en el primer capítulo, cuando sus papás le comunican que le van a dejar de pasar plata y que va a tener que empezar a mantenerse por su cuenta, Hannah Horvath (el personaje de Dunham) les responde que ella cree que es la voz de su generación. O una voz, de una generación. Creo que esa frase es una premonición de lo que es Lena Dunham para los millennials y generación Z. Empezó a escribir Girls a los 23 años y cuando comenzaron a grabar recién tenía 24. A partir de ese momento se consolidó realmente cómo la voz de muchas generaciones, declaración totalmente validada hoy en día con la publicación de su memoir Famesick.

Dicho esto, se puede decir que Girls es una serie bastante fea, pero sumamente enriquecedora. A continuación voy a enlistar 5 cosas que aprendí viendo esta serie.

1. El amor no correspondido es horrible, pero necesario

Esta es una charla que tuve incontablemente con amigas: las mujeres no sabemos lidiar con el rechazo. Estamos acostumbradas desde chicas a ser las que dicen que sí o que no, y eso nos llevó a una mala costumbre: esperar a que las cosas sucedan siempre por iniciativa de la otra persona. El resultado es que cuando no le gustás a alguien, se siente como el fin del mundo. El concepto de no entender cuando no le gustás a alguien, cuando es la lógica más simple del mundo: no podemos gustarle a todo el mundo, así como no todo el mundo nos gusta a nosotras. Entonces, ¿por qué no animarse? 

Crecer es animarse a dar ese paso sin saber el resultado. A recibir los «no» necesarios y seguir adelante igual. A llevar el corazón en la manga sin que eso te paralice. La vida es demasiado corta para no ser honestos con lo que sentimos.

2. Está bien dejar que las amistades mueran

Hay varios conceptos acá que me gustaría desarrollar, porque todos me parecen importantes y esta serie me hizo sentirme increíblemente validada.

Primero: solo porque sos amiga de alguien por muchos años no significa que sea una amistad verdadera. Uno a veces se aferra a vínculos por el simple hecho de su duración, cuando en realidad no hacen más que restar.

Segundo: tener muchas amigas no significa tener buenas amigas. Es un concepto que se repite desde siempre (los amigos se cuentan con los dedos de la mano) y aun así siempre cuesta aprenderlo.

Tercero, y para mí el más importante: la gente cambia. No sos la misma persona que eras a los 22 que a los 27. Cambian los gustos, las formas, el sentido del humor, el estilo, y con eso muchas veces cambian los amigos. Los amigos están para acompañar esas evoluciones, y viceversa. Pero si en algún punto esos cambios hacen que la relación se vuelva contraproducente, o directamente desgastante, está bien dejar ir.

En algún momento de la serie, Hannah escribe lo siguiente: «a friendship between college girls is grander and more dramatic than any romance». Y tiene razón. Las amistades entre mujeres son intensas, dramáticas, increíbles y muchas veces lastimosas. Girls lo muestra sin anestesia: las amistades no siempre sobreviven a quienes nos convertimos. La respuesta no es blindarse ni amar con menos. Es abrazar la experiencia, amar con todo lo que sos, trabajar esos vínculos pero también acordarse de dejar ir cuando es necesario. Los buenos recuerdos y el cariño son para siempre.

3. Lo que uno quiere y lo que a uno le hace bien son cosas distintas

Esto lo aprendí de mi queridísima Hannah, personaje odiado por muchos e incondicionalmente amado por mí. Hannah es una avalancha de todo lo que está mal, pero su forma de pensar y encarar la vida es fascinante. Hay una escena muy hermosa en la segunda temporada en la que explica que durante años intentó «absorber todas las experiencias» para poder escribir sobre ellas y entender la vida. Se sumerge en una existencia de malas decisiones con tal de sentir todo, de experimentar todo. Obviamente quiere la felicidad y una vida normal, pero a la hora de elegir, elige el caos.

Creo que por eso es un personaje tan polémico: no es que no entiende qué es lo correcto. Es que lo sabe, y aun así elige el camino contrario. Es incómodo verlo porque en algún punto todas nos reconocemos ahí, aunque no lo admitamos.

4. No hay edad en la que uno tiene la vida resuelta

Algo que me encanta de Girls es que ninguno de los personajes tiene la menor idea de lo que está haciendo. Solo hay caos, momentos de pseudo-claridad y más caos.

Creo que una de las mentiras más grandes que nos contamos es que en algún punto de la vida uno llega a un lugar donde ya sabe. Donde las cosas se estabilizan, donde las dudas se aquietan, donde finalmente sos la persona que siempre quisiste ser. Girls desmiente eso con una honestidad que hasta duele un poco. No hay ese momento. O si existe, dura poco. La vida sigue siendo caótica a los 27, a los 35, a los 50. El caos sólo va cambiando de forma.

Hay algo enormemente liberador en aceptar eso. En soltar la idea de que deberías tener más resuelto, de que ya deberías saber, de que el camino que tomaste era el correcto o el incorrecto. Siempre es momento para empezar de cero. El punto de partida siempre está disponible. Lo que cambia es el coraje para volver a él.

Con las redes sociales es cada vez más difícil no caer en la comparación. Vivimos en un mundo donde se muestran los logros y se esconden las fallas, donde la vida ajena siempre parece más ordenada, más linda, más segura que la propia. Girls es el antídoto perfecto para eso. Un recordatorio de que el desorden es parte del trato, no una señal de que algo salió mal.

5. No me tengo que cortar más el pelo sola (pero a la vez sí)

¿Hay alguna escena que retrate mejor la experiencia femenina que agarrar unas tijeras en un episodio delirante y hacerse desastres en el pelo? Yo pienso que no. A todas las mujeres nos pasó mínimo una vez en la vida. Yo soy adicta. Hay un no sé qué en ese acto de liberación que dice «me cago en el mundo» sin necesidad de palabras. Muchas veces viene de la mano con una crisis: es la respuesta física a algo que no podés resolver de otra manera.

Capaz madurar viene de la mano con no necesitar actos impulsivos para atravesar los momentos difíciles. Pero para mí sigue siendo sumamente catártico. Dicen que uno se siente bien cuando se ve bien. Pero hay algo muy honesto en afearse cuando estás en un momento feo, aunque debe ser psicológicamente contraproducente. Algún día lo aprenderé.

En fin. Gracias, Lena Dunham. Por lo feo, por lo incómodo, por los personajes que no queremos admitir que somos. Por hacer una serie que duele un poco y por eso mismo no se olvida. Quiero consumir todo lo que escribiste y todo lo que vas a escribir. La voz de una generación, y de mil generaciones. 


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