Hace un tiempo largo tuve una discusión. Serán unos siete u ocho años. Era el novio de una amiga. Muy gorila él, muy de Di Tella, muy politólogo y tan objetivo. Hablábamos en una mesa que nos excedía a nosotros dos, sobre Diego Armando Maradona, sobre una hipotética muerte. Más específicamente nos preguntabamos entonces qué podía llegar a pasar cuando el diego se muriera.
Envalentonado por esa moral que obliga pulcritud absoluta, tan propia de algunos de los nuestros, desplegó el repertorio de malos ejemplos que representa el diego y tuve que contar los cubiertos cuando terminó la cena. Tan intelectual, tan analista de datos hipercomplejos replicaba calcado ese relato típico que no hace falta reponer sobre la figura de Maradona y su complejidad. Me acuerdo de él siempre que se muere un ídolo popular. Me acuerdo de imaginarnos juntos la muerte de lo más popular y lo más ídolo que supimos construir. Me acuerdo porque pienso en la cantidad de pobres tipos que no pueden gozar, vivir o siquiera respetar un sentimiento popular tan arraigado.
Se murió el Diego y se murió el Indio. Es inevitable pensar en que se nos mueren los buenos y solo quedan los malos. Tipos brillantes, conmovedores. A ambos creo haberlos escuchado decir que lo que pasa con ellos los desborda a ellos mismos y que ninguno entiende del todo porque son lo que son. Lo Argentino dibuja una silueta tan pelada como ruluda.
Que grande el Indio, viejo.
Siempre pensé que somos una generación que no vió grandes cosas. Vimos a Messi y resistimos el ocaso del rock. Siempre me dió la sensación que llegamos a un cuento ya narrado, nos llega una versión peor y jugamos a fingir sorpresa. Lo más grande que tuvimos como expresión desbordante es el carácter masivo y transformador del feminismo. Alguno de nosotros propondrá al kirchnerismo pero esa ola nos llegó con el residuo y el mal gusto del gobierno albertista. Sin dudas, los millones que festejamos el mundial 2022 pondremos un poroto ahí, nuestro acontecimiento colectivo más unificador. Yo lo viví como un desahogo, como una bocanada de aire ante algo que parecía que no íbamos a ver de nuevo.
Creo que sabemos poco de estar viendo pasar historia grande por nuestros cuerpos de 20 y 30 años. Podemos seguir culpando a la mediatización con la que nacimos bajo la comodidad de sabernos incapaces de hacer algo más.
Quiero quedarme ahí un ratito, en hacer algo más. La dinámica en la que estamos metidos es la de un tema a la vez. Intensidad sobre un tema, un día. Como que rascamos de dónde sea para participar. Un algo que demuestre cierta autoridad para hablar del tema hablando de uno. Debe haber pasado antes también, supongo, por la naturalidad con la que nos sale. Hace rato me vengo preguntando qué pasa con el tema cuando cambiamos de tema.
Qué pasa con algo que deja de ser viral. Es como que inauguramos una estación de trenes nueva a todo orto, nos fijamos que esté pintada, que todas las luces funcionen perfectamente, que haya para servirse café, que en el baño sobre papel higiénico y que los bancos de espera sean mulliditos. Una vez que lo tenemos, abandonamos la estación y nunca pasa el tren. Y queda desolada, fría, con el pasto alto. Las paredes grafiteadas y telas de araña. El último cartel lo robaron hace cinco minutos. Un pueblo argentino cualquiera después de las simpatiquisimas presidencias del riojano otrora mufa.

Lo lejos que nos quedan los temas cuando dejan de ser temas. La conmoción ricotera será tapada seguramente por el inicio del mundial si no aparece antes otro tema para encontrar una foto, una anécdota o una frase brillante que nos habilite a demostrarles a otros que estamos ahí, que pensamos lo que pensamos y que estamos dispuestos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para demostrar que podemos decir algo sobre el tema que nos convoca. Y que todos nos agotemos para pasar a otro.
La gente cree que la vida es el noticiero de ayer, no nos engañemos. Vos vas al trabajo, compartis un almuerzo de trabajo con la gente y la vida, lo que le pasó ayer a esa persona, lo que te trasmite, lo que te llega es el noticiero de ayer. ¡Ni siquiera el de mañana! La vida no es algo que se deba proteger entre algodones, el algodón le está haciendo daño a esa vida. Todo esto lo dice el indio la primera vez que fue entrevistado en 1985.
Vivan los redondos, viva el indio. Y que la vida vuelva a estar expuesta a la vida, que es decidir estar vivo, es decidir no estar tan solo.
El papel picado no va a alcanzar para tapar toda esta mierda.






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