Volví a vivir en Argentina hace siete meses y estuve escribiendo muy poco. Con esta entrega de No rompas nada se rompe un ciclo malo, de poca inspiración, y empieza uno bueno, en busca de ser tu newsletter de cabecera y Berrinche tu revista preferida.
Hace un par de días leí en Revista Seúl esta nota de Víctor Ruilova (que recomiendo mucho), en la que escribe sobre China. Cuenta que, desde que vive ahí, muchos argentinos le preguntan cuál es el secreto detrás de los autos eléctricos y los trenes bala. Lo explica a partir de tres pilares fundamentales que ayudan a entender el cambio económico chino que inició con Deng Xiaoping en los 80: meritocracia como mecanismo de selección social y política, la lógica de copiar, experimentar y mejorar, y la obsesión por la supervivencia industrial tecnológica frente a una percepción histórica de amenaza externa. Algo así, pero mucho más precario, es lo que intenté contarle a muchos después de haber visitado China en septiembre del año pasado. No me di cuenta hasta que leí la nota.

Copiar, experimentar y mejorar es el pilar que más me interesa. Víctor sugiere que si el desarrollo chino fuera simplemente el resultado de un partido único dando órdenes, la Unión Soviética seguiría en pie, contrafáctico verosímil. Creo que esa idea explica una parte de la visión occidental sobre China. De hecho, antes de visitar Pekín, la imagen de un partido único dando órdenes y manejando la vida social, económica y política a su merced, tipo 1984 de Orwell, era lo primero que me venía a la cabeza. Desde que estuve ahí, y como cada vez que viajo, me di cuenta de que siempre, todo, es más complejo, y que creer que China no tiene nada para enseñar, por prejuicio, es completa necedad. Reducir a la segunda potencia mundial a una caracterización tan simple como la de dictadura de economía centralizada, es quedarse en la cáscara.
No simpatizar con el régimen chino por su aversión a la democracia no quiere decir que no haya puntos en los que el gigante asiático sea interesante para imitar. La lógica de copiar, experimentar y mejorar es la lógica que va a atravesar este newsletter y Revista Berrinche por los próximos meses. Hacer y mejorar, pero hacer. Así fue que empecé con mi newsletter, escribiendo para viajeros motivados por saber qué estaba pasando en Argentina, escribiendo para mí mismo.
No hace falta viajar a China para entender la lógica. Hace falta, en todo caso, animarse a mirar afuera sin culpa, sin el prejuicio de que copiar es rendirse, o de que aprender de otros es traicionar algo propio. Eso, en Argentina, cuesta más de lo que debería.
Cuando vivía en Australia me era más simple estar empapado de coyuntura. Estar lejos, tomar un poco de distancia, pone las cosas en su justa medida, y eso era muy útil para escribir. Es como si el algoritmo estuviese lo suficientemente limpio para filtrar los temas necesarios para escribir, y lo suficientemente tocado por la coyuntura para no desconectarse totalmente. Nunca tuve ningún problema en elegir los temas más relevantes de la semana, y me daba la sensación de elegir los correctos.
Acá, todo es frenético y la conversación pública más sinuosa de lo que uno percibe desde afuera. Pensé que me gustaba, pero creo que no tanto. Me di cuenta de que prefiero los procesos largos con resultados efectivos que los hechos disruptivos con resultados inmediatos. En general, lo segundo dura poco.
Desde lejos, la política nacional viaja a través de la pantalla. No es lo mismo. Desde adentro, la conversación es otra cosa, está en todos lados: en la calle, en el diario, en el colectivo, en el tren, en el teatro, en el supermercado, en el cine. Interpela, afecta, curte, indigna y más. Las pasiones están a flor de piel, a tiro de ser sacudidas ante cualquier estímulo. Es agotador y a la vez, apasionante.
Estos días estuve peleando con una idea en particular: Argentina tiene problemas argentinos; en consecuencia, necesita soluciones argentinas. La veo en muchos lugares, intentando ser una idea cargada de emoción, apelando a una potencia que no tiene. No es más que vacía y literal. Sí, solucionar problemas necesita indefectiblemente de nosotros. Ahora, cargar esta idea de excepcionalidad, como si fuéramos «únicos», es un oxímoron; hasta eso nos iguala con los demás. Todos los países son únicos.
Es ese síndrome de autoimportancia el que nos lleva a convencernos de una idea tonta, inmadura, arrogante: la de pensar que para todo lo que nos pasa necesitamos un tratamiento especial, como si la fuerza de gravedad dentro de estas fronteras no existiese, como si un torneo de treinta y dos equipos pudiese funcionar, o como si acá pudiéramos emitir pesos sin respaldo, porque en realidad la inflación no es, en esencia, un fenómeno monetario. Las respuestas no siempre están adentro; a veces están afuera, en el mundo.
Mientras desde Argentina nos entretenemos con discusiones «complejas», ideológicas —que si China sí o China no—, China estuvo en otra: copiando, experimentando y mejorando. Pero este mundo es tan loco, y seguirá siéndolo, que las mismas personas que defienden a China como modelo alternativo al capitalismo, no se dan cuenta de que China debe su política más exitosa —sacar millones y millones de personas de la pobreza— al crecimiento económico que impulsó. Ya llegará la democracia.

Con eso no se confunda, lector: no estoy diciendo que Argentina no sea el mejor país del mundo, ¡lo es! Y tengo argumentos para decirlo, los mismos que tiene un vietnamita o un boliviano, un chipriota o un japonés sobre su país. Que el amor que tenemos por nuestro país nos permita salir de la arrogancia, de esa soberbia insoportable que nos hace pensar que las soluciones que nunca encontramos en años, son las mismas que ya intentamos. Para mí no es de cipayo decir que sería bueno ser un poco Australia. Ojalá. Por el bien de Argentina, el mejor país del mundo.
Qué mala es la queja sin contrapartida. Antes de que pienses: «y sí, hay mucha gente que la está pasando mal», te aclaro: ya lo sé y no me refiero a eso. Tanta indignación me llama la atención cuando lo mismo que se critica hoy, hace tres años era silencio total. Aún peor, cuando las propuestas son: cero.
Hace un tiempo pensaba que el argumento del tipo «che, antes no te quejabas de ciertas cosas como te quejás hoy» no tenía sentido, porque eso no cambia el estado de las cosas. Pero no, es pésimo. Sobre todo cuando no es un cambio de parecer, sino una doble vara brutal.
Igual, no perdamos tanto tiempo en esto. Era un simple descargo. Además, no rompamos nada.





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