Wolf Alice pisó por primera vez suelo argentino el 25 de mayo en el Complejo C Art Media. Con su cuarto disco bajo el brazo y once años de espera encima, la banda inglesa conquistó el corazón argentino para siempre

El Complejo C Art Media olía a once años de espera. Las 4.500 personas que llenaron la sala esa noche no habían llegado simplemente a ver un recital: habían llegado a cobrar una deuda. Wolf Alice era, desde hacía una década, una de las bandas internacionales más pedidas, más rogadas, más invocadas por el público latinoamericano. Paradójicamente, llegaron al territorio argentino un 25 de mayo. 

Su visita se encuentra dentro del marco de la gira mundial por su cuarto disco The Clearing. La puesta era romántica e íntima: un telón de guirnaldas metalizadas que por momentos se convertía en un fondo de estrellas cuando rebotaba las luces blancas del venue y una bola de espejos suspendida en la oscuridad. No se necesita mucho más cuando el espectáculo es la energía que transmite la banda misma.

El público estaba expectante. Se apagaron las luces. Primero salieron Joff Oddie en guitarra, Theo Ellis en bajo, Joel Amey en batería y Ryan Malcs en teclados. Por último, Ellie Rowsell, vocalista principal del cuarteto. Los aplausos se convirtieron en silencio cuando sonaron los primeros acordes de Thorns: un silencio desesperado, el de quien intenta ingerir ese primer momento y saborear cada segundo antes de que se vaya. Eso es lo que Argentina le hace a la música que ama: la convierte en algo urgente.

La elección de Thorns como apertura no es casual, y es una declaración de amor incondicional a la música en sí misma: «I must be a narcissist, God knows that I can’t resist, to make a song and dance about it». Allí Rowsell se paró frente al público con el aura de quien sabe exactamente lo que tiene: una de las voces más singulares y una presencia escénica que pocas frontwoman de su generación pueden igualar. Bloom Baby Bloom y White Horses sostuvieron el arranque.

La propuesta del recital le dio lugar a cada uno de sus discos. Desde clásicos de sus primeros días como Bros y Giant Peach hasta baladas más recientes como Delicious Things. El setlist fue un viaje por una década de trabajo: paradas en 2015 con My Love Is Cool, en 2018 con el aclamado Visions of a Life que les valió el Mercury Prize, y en 2021 con el cinematográfico Blue Weekend. Un homenaje silencioso para quienes los vienen esperando desde entonces.

Hay una realidad innegable: Wolf Alice se destaca por su versatilidad. Desde el folk al dream pop, hasta el grunge y noise rock, la inestabilidad es una identidad. Esa negativa a quedarse quietos debe ser lo más constante que tienen. Cada disco es un nuevo desafío y una contrapuesta al anterior. 

The Clearing es la prueba más reciente de eso. Orgánico, casi minimalista, se para en las antípodas de Blue Weekend: un trabajo de producción expansiva y escala cinematográfica que los consagró. Hacer algo más despojado después de tanta intensidad no fue un alivio: fue otro tipo de exigencia. “No sé si se sintió como una liberación, definitivamente fue un desafío. Pero uno que todos queríamos asumir, y creo que aprendimos muchísimo con The Clearing”, cuenta la icónica cantante y frontwoman Ellie Rowsell, en conversación con Berrinche. “Estoy emocionada de llevar eso hacia la música nueva”, afirma.

La vulnerabilidad como superpoder

Lo que hace realmente destacar a Wolf Alice de casi cualquier otra propuesta contemporánea no es solo su versatilidad sino que llevan el corazón en la mano y sin vergüenza. “I ain’t ashamed in the fact that I’m sensitive, I believe that it is the perfect adjective”, canta casi susurrando en el hit single Smile. Wolf Alice elige la sensibilidad como postura y cómo orgullo. Eso se transmite en el show, sin accesorios ni recursos extravagantes, sólo con la voz cómo recurso y una postura hasta casi teatral.

Hay una distinción importante entre mostrar algo y volcarlo sin forma. Las letras de Rowsell son emocionalmente expuestas sin volverse indulgentes. ¿Qué hace que la vulnerabilidad sea significativa en una canción en lugar de simplemente confesional? “Buena pregunta”, admite Rowsell. “No sé si tengo la respuesta, supongo que tiene que ver con la intención. No escribo una canción para confesar algo, sino para entender algo”.

Escribir para entender, no para confesar. Concepto que quedó resonando en mi cabeza porque desde el intento de entenderse a uno mismo, un público entero termina resonando. Es en ese momento que se desarrolla la conexión entre el artista y su gente, y en el C Art Media lo vivimos a flor de piel, cuando Rowsell le dijo a un chico en la primera fila: «no llores que también me largo a llorar yo». Momentos de ternura extrema, de complicidad, de intimidad. Porque de eso se trata.

El activismo como esencia

La honestidad de Wolf Alice no se escucha solo en sus canciones. También aparece en su militancia por los venues independientes: esos espacios que sostienen la escena underground, funcionan como semillero de artistas y muchas veces son los primeros en desaparecer cuando la economía se vuelve asfixiante. Al recibir el premio a mejor banda en los Brit Awards, el grupo hizo un reclamo contundente: “El año pasado cerraron 30 venues, se perdieron 6000 trabajos y casi la mitad de las salas chicas reportaron no haber obtenido ganancias”. Cuando le preguntamos si los artistas tienen la responsabilidad de apoyar esos espacios, Ellie Rowsell fue tajante: “Creo que los artistas tienen la responsabilidad de apoyar esos lugares, y esos lugares tienen la responsabilidad de apoyar a los artistas también. Nos necesitamos mutuamente”.

Esa misma coherencia aparece en su militancia por cuestiones humanitarias. En mayo de 2018 respaldaron oficialmente el boicot cultural a Israel en solidaridad con Palestina, una declaración significativa, especialmente viniendo de una banda británica con cada vez más proyección internacional.

Sobre el escenario del C Art Media, colgaba una bandera palestina sobre su amplificador. Bandera que más adelante conviviría con una argentina, con el Sol de Mayo bordada. Fue Theo Ellis quien la recibió del público. El bajista tenía al lado derecho del venue en la palma de su mano. Carismático cómo pocos, interactuaba con la gente, agitaba al público y hasta le devolvió una zapatilla a alguien que la perdió en medio del desorden. 

El enamoramiento

El resto de la banda también se mostraba extasiado: El baterista Joel Amey tocaba con una sonrisa de oreja a oreja y le tiraba besos a los fanáticos, y Joff Odie se encontraba inmerso en su guitarra. En algún momento entre canción y canción, Rowsell gritó: «¡Es mi concierto favorito!». La gente cantaba cómo si fuese una cancha “Olé, olé, olé, cada día te quiero más” mientras los integrantes bailaban casi atónitos.

El momento de mayor intensidad llegó con Yuk Foo y Play the Greatest Hits, una atrás de la otra. Se sintió como un descargo total de energía, Rowsell cantando Yuk Foo a través de un megáfono mientras la sala entera se desmadraba. Dos canciones que juntas funcionaron como una catarsis colectiva, el punto de ebullición de una noche que venía acumulando años de presión.

El cierre fue con Don’t Delete the Kisses, himno al amor y mayor éxito del cuarteto. Una canción esperanzadora, llena de anhelo y con la resolución más simple y más enorme que puede tener una canción: me and you were meant to be in love. Capaz hasta describe cómo fue el enamoramiento con el público argentino.

Porque eso fue, en definitiva, lo que pasó en el C Art Media: un enamoramiento. El público de Buenos Aires tiene fama de ser imposible de igualar: intenso, loco y entregado con una generosidad que descoloca a cualquier artista que lo experimenta por primera vez. Pero Wolf Alice no se limitó a recibirlo. Lo absorbió, lo procesó y lo devolvió triplicado. Cada grito del público encontró respuesta en el escenario. Cada lágrima en la primera fila fue correspondida. 

Once años es mucho tiempo para esperar a una banda. Pero hay noches que justifican la espera y además la resignifican. Rowsell prometió volver, pidió perdón por haber tardado tanto, y cuando se le preguntó por su experiencia en el territorio argentino, su respuesta fue simple: «Fue uno de los mejores públicos que tuvimos en muchísimo tiempo».


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