Nota publicada en La agenda Buenos Aires
Catriel Guerreiro y Ulises Guerriero se suben a un bondi disfrazados de Ca7riel y Paco Amoroso. Son como dos piezas de un rompecabezas que hace años no hacen más que ir juntas. Como si hubieran estado destinados a ser una dupla, sus apellidos decidieron parecerse casi al límite de ser iguales; como si quisieran ser una sola cosa, armaron una pareja que se pronuncia de corrido: CatrielyPacoAmoroso. Pero no lo supieron desde el principio, Ulises y Catriel fueron y volvieron en sus carreras artísticas, hasta que por fin entendieron el núcleo de la cuestión: diferenciarse iba a ser vital, pero estar juntos, estratégico.
El bondi al que se suben podría haber sido el tren Roca, o cualquier colectivo que conectara La Paternal con La Boca: el trayecto que hicieron mientras Catriel estudiaba en la Escuela de Música Juan Pedro Esnaola y Ulises en el Carlos Pellegrini, pero igual se seguían encontrando. A Cato lo formaban para ser maestro, a Paco para hacer plata. Y algo de todo eso fue lo que hicieron después.
“¿Y ahora qué vamos a hacer? Tenemos que mentir, sólo soy un impostor.” Rompe el beat Paco Amoroso. “¿Y ahora qué vamos a hacer? El tiny desk me jodió.” Completa Ca7riel.
Pero pará, pará, pará.
Están terminando los 90 cuando a Ulises y a Catriel los sientan juntos en la escuela. Deberíamos hacer una gran encuesta para entender cuántos de nuestros compañeros de la infancia se transformaron en amigos sólo por una coincidencia de apellidos; una similitud en el azar de las identidades, en la ruleta del abecedario. Ruleta que para ellos no pudo pasar desapercibida, sobre todo la primera vez que la maestra tomó lista y descubrieron, entre todos, que sus apellidos eran casi idénticos.
—¿Son hermanos ustedes?, fue el chiste instantáneo.
—Sí— responde Cato, 20 años después en el piso de un medio español. Deja caer los lentes de sol sobre los ojos y esboza una sonrisa pícara, como si el chiste se hubiera orquestado para caer sobre el beat perfecto dos décadas más tarde.
Ahora sí, volvamos al bondi: los anteojos espejados, el sombrero celeste estilo ruso y una remera de Roly Serrano interpretando a Diego Armando Maradona en La Juventud (2015); el que sube primero es Paco. Cato viene justo detrás, de pelo rojo, con un chaleco colapsado de peluches en forma de corazón comprados en Once y una remera que dice “narcomodelo”. Las luces de la calle se ven parpadear mientras ambos caminan agarrándose de las barandas. Alrededor vemos personas hipnotizadas con sus celulares, una imágen casi estándar del bondi nocturno y porteño promedio. Entonces Paco y Cato dejan de caminar uno detrás del otro y encuentran sus propios spots.
Paco se sacó los anteojos y se prendió un pucho para decir con los ojos a cámara que las disqueras les están vendiendo humo, que ellos no merecen ser los número uno. Catriel ocupa el asiento del pasillo, mira hacia la ventana con un gesto desorientado y explica: salimos primeros cuando buscan en Google, y eso que venimos desde el culo del mundo.
Lo próximo que vemos es el colectivo oscuro en plano general, con luces parpadeantes y personas que sentadas en sus asientos orientan las cabezas hacia abajo para mirar sus celulares en formato horizontal. En las pantallas, Ca7riel y Paco Amoroso cantan en su Tiny Desk, entre los 10 más escuchados, el que hizo que vendieran tickets desde Nueva York hasta Japón. Ulises y Catriel, aún disfrazados, pasan como en un travelling mirando los celulares y se amontonan entre la gente, chocándose los cachetes entre ellos, como en un ejercicio de contorsionismo exagerado, para decir:
Hace un mes sin dormir
del estrés, me voy a morir
esta vida no es para mí
le pedí tanto y me arrepentí.
Demasiada presión.
¿Cómo se llama la presión? 50 millones de visualizaciones en el formato de música internacional más posicionado del momento. La octava sesión más escuchada del ciclo, secundando nombres como Dua Lipa, Mac Miller, BTS, C-Tangana y Justin Bieber. Catriel y Paco Amoroso coparon un mercado internacional y ahora no sólo juegan a ser hermanos, sino más bien son una pareja de músicos exitosos, disruptivos y millonarios. Wow, demasiada presión.
***
El final de la escuela primaria los había distanciado por un tiempo. Tiempo en el que Catriel entró en el Esnaola y empezó a hacer música casi como forma de protesta: dice que en la escuela le enseñaban música clásica y el resto era mal visto, eran “policías de la música”. Mientras tanto, Ulises aprendía los pormenores de las teorías económicas y de mercado, dice que el colegio lo formó para “reflexionar y ser bastante calculador”. Entre Catriel y Ulises, el primero vivía como si no hubiera mañana, el segundo lo calculaba todo. Se complementaban a la perfección.
Pero en la casa de Catriel el mango se juntaba con arte: el padre tocaba la guitarra y era artesano, al igual que su madre. Hay algo muy marcado en el discurso de Catriel y es la necesidad de hacer plata. Así de lineal como suena, como algo necesario, lejos de un deseo o una ambición: Cato no tenía ni dos pesos. Y le urgía tenerlos. Así que empezó a trasladar instrumentos en el Roca para tocar durante las noches en el Faena. Ahí fue donde, una noche, conoció a Sting:
— Estábamos en el Faena, en Halloween, y pensamos que alguien se había disfrazado de Sting. Terminamos de tocar y se me acerca ese barbudo, que parecía Sting, y en efecto era él. Me empezó a decir cosas y se me cayó una gotita de meo. Como hablo un inglés de mierda, me quedó la duda de si me dijo: “El rock del futuro es una mierda por vos” o “Vos sos el futuro del rock”. No entendí nada— dijo Cato en 2018 en una entrevista para Página 12.
Ocho años después de ese día en el que Catriel se preguntaba si era el futuro del rock o si era el culpable de que el futuro sea una mierda, pienso que debió haber sido la primera: la única opción que puede explicar la existencia de este single en febrero de 2026. Catriel sentía que tenía una oscuridad adentro, y por eso armó una banda, y se acercó a las plazas, e intentó rapear: por eso se metió en el trap. Por su parte, Ulises estudiaba en el Pellegrini y veía la música más como obligación que como goce, pero cuando Catriel lo llamó para ser parte de Astor y las Flores de Marte entendió que su segunda obligación era esta pareja destinada a condensarse en un solo significante.
Más tarde Catriel necesitó apoyo en las voces para los shows que le surgían como solista, y así Ulises se fue transformando lentamente en Paco Amoroso: pasó del backstage, de tocar un par de veces una batería desprolija, a ser un frontman en una banda de dos. De músico en potencia por obligación, a ser el amigo de un músico en potencia por gusto; de hater del trap y experto en el cálculo y el dinero, a hacer música urbana para ganar plata. Ulises gambeteó pelotas y pelotas entre todas las posibilidades que le podían ser ofrecidas a un chico de la clase media porteña. Pero cuando Ulises -cuando Paquito- llegó al mic las necesidades cambiaron, dice Cato: ¿Ganar dinero? ¿Por qué no? ¿Por qué no meternos en este ambiente (el del trap), y ganar dinero? Y juntos lograron algo fundamental: liberarse “de esa shit oscura que es necesitar plata”. Ya vendrá, pensó Cato.
Y vino.
Pero, ¿de qué están hechas las narrativas del éxito en las sociedades del 2026?¿De qué se hicieron en ese 2018 en el que Cato y Paco recién empezaban a asomar las cabezas?
En 2018 el trap había actualizado el sueño del pibe: los pibes ya no querían ser futbolistas, preferían ser el Duki. Más tarde, quisieron ser streamers con Coscu a la cabeza. En paralelo, las pibas entraron en la escena gracias a Cazzu, la jefa del trap. El autotune, los gritos y el ruido fueron la estética del momento. El éxito era narrado por los pibes del barrio que rapeaban en las plazas y con una diferencia de meses empezaron a llenar estadios a nivel internacional: pibes que se subían a un avión por primera vez para tocar en estadios del calibre del Santiago Bernabeu en España. El ascenso fue meteórico y la estética de ese éxito fue la saturación: la exposición de cuerpos voluptuosos -a veces como burla-, la sobreexplotación del color y de la información visual.
En 2026 la estética se parece más al despojo que transmite el color blanco. Pasando de Rosalía con Lux, hasta Pantone proponiendo el blanco como color del año; Catriel y Paco Amoroso se propusieron bajarse de la saturación -y, en teoría, de la velocidad del éxito también- para ir a recibir un Grammy vestidos de blanco, casi sin intervenciones en sus looks. Eligieron la des-saturación de los colores y las formas; el cuerpo despojado de exageraciones, la vuelta a los orígenes. Lo cool es ser natural y el éxito se narra con esa simpleza hoy, una simpleza casi inalcanzable. Una sobriedad que se mezcla con la castidad en Rosalía, que construye minimalismo exagerado, y que parece remitir a lo exclusivo: Catriel y Paco ganando un Grammy. Lujo. Todo eso junto. El éxito tiene otra forma, pero es lo mismo, ya hubo muchos aviones, muchos estadios, flashes, billetes, idiomas, países, cambios físicos. ¿Y ahora qué? Nada. La “nada” como ideal. El despojo como estética del presente.
Catriel y Paco Amoroso pasaron de anunciar Top of the Hills como su próximo lanzamiento, en donde prometían contar los claroscuros de la cima, a cancelarlo argumentando una especie de inercia que los había llevado puestos, y luego llegó Sting. Se metieron en un ese ambiente blanco, con un par de plantas y algunos parlantes mínimos para mostrarnos la experiencia de la escucha consciente:
Ni Cartier ni Dior
van a acompañarte en tu dolor
ni el perico ni el alcohol
te van a sanar
Sanar sobre una base rockera. Lo que vemos es casi un tablero de pinterest minimalista que aparece cuando buscas con el hashtag #Pantone2026. Las plantas intentan representar la forma de lo vital y acompañan a los tres hombres sentados en una especie de Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La reminiscencia al catolicismo quizás sea involuntaria o paródica, pero parece obvia. Tanto que después de escuchar “no te rindas todavía, hasta Jesús tuvo un mal día”, los comentarios rezan sobre el contraste entre lujuria y santidad, sobre el cristianismo y, además, le atribuyen al dúo “haber resucitado a Sting”.
En alguna de las primeras notas que Catriel le daba a los medios en 2019, justo en el momento de su primera explosión, dijo que su deseo era hacer música del futuro. Pero justo después vino la pandemia, y el 2020 quebró el curso de las cosas de una forma que probablemente nadie podría haber previsto. La música de ese futuro que imaginaba Catriel está lejos, muy lejos, de ser la de este presente distópico. En una nueva época de caída de las representaciones, la secularización del mundo terminó por pedirnos un encantamiento forzado. Así apareció Rosalía con Lux, el color que eligió Pantone para este año es el bailarín de las nubes y es ni más ni menos que el blanco: la ausencia de color o la absorción absoluta de la luz. La música del futuro que vivimos era imposible de prever incluso hace menos de un año, cuando Catriel y Paco iban escalando a pasos agigantados para lanzar Top of the Hills desde allá arriba.
Pero decidieron poner una pausa. Respirar lento. Acercarse a Sting y darnos clases de escucha consciente en su mansión monocromática. Hay mucho más de esta época de lo que podíamos imaginar que iba a haber: un momento histórico en el que está de moda la desconexión, pero es para unos pocos. Casi ningún trabajador debe tener hoy la capacidad de soltar el celular -eso que está tan de moda- por más de dos o tres días, exagerando. Una etapa en la que replegarse y volver a Dios para pensar posibles explicaciones del mundo es casi tan cool y tan exclusivo como tener tiempo para pensar. Volver a Dios, hoy, parece ser el descanso de esa saturación en la que nos habíamos sumergido. El caos nos dejó en estado vegetativo, con un vacío de sentido que se experimenta en la vida cotidiana y que nos hace preguntarnos por qué a cada rato.
Lo de Catriel y Paco Amoroso con Sting probablemente no sea rock del futuro, pero sí un síntoma del presente. La necesidad de ir más lento, recuperar las nociones de pasado y futuro. Buscar estar acá en tiempo real. Decidieron ir en 1.00x en un momento en el que a todo le damos doble rosca. Y, a esta altura, no se entiende si es sátira o realidad, pero quizás ambas puedan interpretar eso que buscaban desde el principio: hacer música para sacarse de adentro esa shit oscura que es necesitar plata.





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