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Bueno, llegó el momento que varios lectores tanto pidieron. A todos ustedes, gracias por la paciencia. Disfruto mucho escribirles y comunicarnos a través de este newsletter. El mundo globalizado tiene cositas maravillosas.

Llegó el momento de hablar de Cristina Fernández de Kirchner. Y sí, lo que todos ya sabemos: CFK está presa. La causa Vialidad cerró el 10 de junio de 2025, uno de sus capítulos que empezó allá por el 2016. Nueve años después, acá estamos. La condena que ya había sido adjudicada a CFK, primero por el Tribunal Oral N.º 2 y luego ratificada en segunda instancia por la Cámara de Casación, fue confirmada por la Corte Suprema, de los jueces Ricardo Lorenzetti, Carlos Rosenkrantz y Horacio Rosatti. El Poder Judicial, uno de los tres poderes de nuestra república, dio su veredicto.

La conversación puede terminar acá. Cristina fue juzgada por la Justicia y punto. Pero, como ya sabemos, no todo es blanco o negro, y a pesar de que la discusión nos quiera posicionar siempre cerquita de algún bando, ir un poco más allá es un lugar al que siempre está bueno acercarse.

Las aristas que abrió el debate a partir de lo sucedido son muchas, y algunas de ellas, muy interesantes. Que Cristina Fernández de Kirchner esté presa resulta insólito, tanto para quienes lo deseaban con el alma como para quienes anhelaban lo contrario. Sin dudas, se trata de un hecho histórico para nuestra patria. Pensar cómo se contará en los colegios dentro de cien años llena de curiosidad a cualquiera.
¿Será el relato de la proscripción y la falta de pruebas? ¿O el de un antes y un después en la lucha contra el poder corrupto? Veremos. En definitiva, muchas verdades se consolidan con las voces que logran imponerse en el tiempo.

Volviendo al tema, las especulaciones son varias. Algunas hablan de manejos espurios de la Justicia, y otras, sobre un fallo justo que busca aleccionar a una clase política corrupta y a la dinámica de choreo inherente al sistema político argentino, con la potencia del caso. Que Cristina vaya presa no es menor. Lo da la misma pauta simple de que, al decir «Cristina», todos sabemos de quién estamos hablando.

La grieta se manifiesta en todos lados, y este suceso abrió un nuevo trazo de ella. Que si hay lawfare, persecución política, proscripción, o si fue una condena justa, de esas que nunca se vieron en nuestra patria con los personajes corruptos y nunca juzgados de nuestra historia, de esa «casta» que parece intocable.

Para salir un ratito de esa polarización extrema que nos presentan los tiempos de hoy, los de ayer y probablemente los de mañana también, acá vamos a hacer el ejercicio de nadar por los mares grises que nos invitan a intentar tener una imagen más amplia de la realidad.

¿Las conclusiones? Las puede sacar cada uno. En definitiva, entre lo que pasó y lo que uno afirma como real, siempre hay (por más mínimo que sea) un salto de fe.

Sí. Hace un par de semanas, cuando me enteré lo que había pasado con Cristina, estaba por mandar el último capítulo del newsletter. Estuve a punto de no sumergirlo en las redes de la Internet, porque dije: «¿Qué puede ser más importante que lo de CFK?». Por suerte no hice caso a ese pensamiento que se me pasó por la cabeza y aquí estamos, con el agua que corrió, habiendo dejado pasar el ruido de los primeros momentos para poder analizar un poco más (ojalá mejor) y tener más información para eso. En definitiva, el día que me enteré, y encima desde acá, no hubiese tenido mucho para decir. Hoy, un poco más.

La forma lineal de relatar sucesos me gusta. En este caso no voy a empezar por el principio. Además, ¿cuál sería el principio?

80 mil personas hubo en la Plaza de Mayo el pasado 18 de junio. Sí, 80 mil. Es un montón y no es poco relevante. Menos cuando observamos algún sondeo sobre la imagen de Cristina.

Los sondeos de opinión pública de las consultoras Trespuntozero, que dirige Shila Vilker, y CB, de Cristian Buttié, coincidieron en que la condena a CFK cristalizó como pocas veces la polarización entre kirchnerismo y antikirchnerismo. Según los sondeos, alrededor del 40 % de los encuestados la sigue bancando. Además, el 43 % la votaría.

Luego de la condena, uno podría pensar que se convierte en una figura menos tentadora para el ciudadano. Es verdad, probablemente quienes no la quieren, la quieren menos. Pero la retórica del lawfare, la proscripción, la persecución política y la efectiva condena dejó clarísimo que la expresidenta sigue teniendo peso específico y gran capital político. A día de hoy, presa en su casa, sigue siendo la figura política más importante de la oposición, sin lugar a dudas.

Si Cristina es culpable, como dijo la Justicia (que para nadie nunca fue independiente), y casi el 40 % de la sociedad la sigue bancando, bueno, es en principio curioso e interesante. Habrá que escuchar esas voces, para ver qué sienten y por qué su visión de las cosas es tan disímil de la de muchos otros argentinos. De hecho, si considerás que Cristina es corrupta y delincuente, ¿no te da curiosidad entender por qué muchos creen diametralmente lo contrario? ¿No hay algo ahí? Lo mismo a la inversa. No podemos ser tan necios de seguir entendiendo lo que pasa alrededor con tanto determinismo obtuso, que solo sea combustible para la polarización que no sabe de tolerancia ni de puntos de encuentro.

Se habló mucho de la evidente parcialidad de la Justicia, al acelerar la decisión sobre la condena porque CFK había anunciado su candidatura a diputada provincial en la provincia de Buenos Aires. A ese argumento se lo puede discutir con otro muy simple: ¿qué si sabía que iba a ser condenada y decidió anunciar su candidatura con el fin de generar un relato proscriptivo a su favor?

En una entrevista que María O’Donnell le hizo a Hugo Alconada Mon, este marcó la idoneidad en el proceso judicial de CFK, desde la lógica del procedimiento. Profundizando un poco más en la causa, mencionó: «Estamos hablando de un proceso abordado por 13 jueces distintos y al menos 7 fiscales distintos», afirmando que la teoría sobre la condena como persecución política dirigida no tiene mucho asidero. No es que la decisión la tomaron tres personas sentadas desde el trono del poder judicial de forma impune sin seguir ningún tipo de procedimiento ni garantías, como si se comentó en el intento de armar una narrativa simil a eso.

Al margen de lo dicho, otro argumento que volvió a hacerse oír por parte de una fracción de esos seguidores fieles con los que cuenta CFK es el de «robó, pero hizo». Esa es una de las premisas que hay que poner en cuestión. 

Pararse desde un planteo así, por más insólito que parezca, es moneda corriente. Resignarse ante esta idea puede ser muy peligroso. Primero y principal, porque el hartazgo lleva a esa apatía política de la sociedad que convierte al arte de transformación de la realidad por excelencia en un juego puramente de bandidos, donde nadie pone ni un gramo de esperanza.

Milei es producto de esa sociedad enojada con la «casta», de esa imagen de una clase política corrupta, que pocas soluciones brinda y que mucho roba.

La pregunta es: ¿cuándo va a aflojar ese hartazgo? Parece que hemos llegado a un punto en el que la sociedad ya no tolera ningún tipo de corrupción, hablando desde administración fraudulenta en perjuicio del Estado, por lo que se condenó a CFK, hasta la corrupción del discurso, encarnado en Sergio Massa o en la comunicación tik tokera de Horacio Rodríguez Larreta, adaptada al resultado de focus groups, haciendo un estiramiento conceptual exageradísimo para satisfacer todas las demandas.

Milei se presenta como una oportunidad. Sí, se llenó el vaso. Milei es barajar y dar de nuevo. Es la oportunidad de la política tradicional de resetear los términos y condiciones de su comunicación con la ciudadanía. Pero ojo: el edificio de quejas del que cayó la política tradicional, materializado en la figura de Milei y su gobierno, es el mismo edificio que tendrá que escalar esa misma política para encontrar nuevas formas de acceso al poder. Eso se genera con confianza. Ya nadie confía en los políticos. En ninguno. Ni siquiera en los que, dentro de una clase política ya bastardeada, zafaban como «honestos» en el imaginario colectivo.


PD: Esta entrega se hizo esperar, pero al final llegó. En este momento les escribo desde una granja a una hora de Walgett, un pueblo en medio del outback australiano. Jornadas largas de trabajo. Mucho esfuerzo físico, pero mucha paz mental. ¿Mis mañanas? De mate y folklore. Atahualpa Yupanqui y su guitarra. Poco tiempo para escribir, pero mucho para pensar.

Gracias y nos encontramos la próxima.


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