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La vida es linda. No siempre, obvio. Pero hoy estoy en esos días que huelen distinto. Acá, en Byron Bay, Australia, más o menos a la misma latitud que Buenos Aires. Un poco más al norte, por ende un poco más cálido. Todavía cuando sale el sol hace calorcito pero en la mañana y en la noche hace un fresquito hermoso, que me lleva a lugares muy profundos de mi memoria, a momentos que pensé ya olvidados pero siguen agarrados ahí, en alguna fibra de mi cerebro.

 

Estos días me tomé un descanso del consumo constante de política. Me interesa, pero a veces siento la necesidad de desconectar. Creo que aún más estando lejos, viviendo mi día a día a miles de kilometros de distancia.

 

El mundo global es maravilloso, me permite estar a una videollamada de mi familia y amigos, me permite estar cerca del congreso, casi como si estuviese ahí. También puede ser muy agotador y desgastante cuando la vida virtual se suma a la vida analógica que tengo acá, en Australia. Vidas muy distintas entre sí.

 

 

El otro día hablaba con un amigo. Charlábamos sobre el tiempo y la plata. El tiempo vuela. Pasa, se va. El tiempo es eso que pasó entre la primer letra que escribí y la última. Es lo que transcurre mientras pienso que es lo que les quiero decir y como. Desde que nacemos hasta que nos vamos. Anhelando ser libres pero presos del tiempo. Es la droga adictiva que no podemos abandonar, ella nos abandona a nosotros.

 

El tiempo también es lo que le entrega sentido a nuestra vida. Mucho o poco tiempo para hacer algo puede ser la diferencia entre hacerlo y no. ¿Qué es un vida sin tiempo? En realidad eso no existe. El tiempo está. La cuestión está en qué hacemos con el. Ahí entra el dinero.

 

Escuché a personas de mi edad, 26 años, decir: «Estamos en la peor etapa de la vida. llenos de Incertidumbre, sin dinero necesario para estar cómodos y encima obligados a trabajar como perros para construir un futuro». De más está decir que cada uno vive como puede.. pero ¿no hay cierta idea similar a esto instalada en un imaginario colectivo que viene del pasado y perdura en el presente? «Quiero ser alguien en la vida». ¿Ser alguien? ¿Ante los ojos de quién? ¿De quiénes?

 

A cualquier afirmación de tipo, «esta edad es la peor» le cabe el contra argumento de que toda edad es la mejor, porque no se debería tratar de prácticas, hábitos u obligaciones con las que hay que cumplir a una edad puntual. Es como si hubiese un manual que nos dice: y si…a los 26 ya tenés que estar recibido y tener trabajo estable. Un manual que no parece entrar en cuestionamiento como debería. Además, cualquier edad tendrá sus cosas buenas, sus más menos y sus cosas malas.

¿Nunca pensaste que muchas de esas cosas dependen de los gafas con los que te levantaste a la mañana para mirar todo eso que te pasa durante un día? Estoy seguro que sí. ¿No hay algo ahí?

Alguien que lea esto me puede decir: «Hay gente que nace y vive con hambre, en condiciones nefastas, sin llegar a fin de mes, sin techo, sin agua, sin luz. ¿Qué tantas posibilidades hay en esos contextos de cuestionar esto que mencionas? ¿De cuestionar el uso del tiempo? Pocas, menos. ¡Con más razón! ¿La respuesta es que no hablemos de eso? Sigamos hablando, aunque suene a privilegio de clase. ¿No es posible un mundo donde todos dispongamos de más tiempo? Creo que sí.

 

La idea de que el mérito y el esfuerzo te pueden sacar de los lugares más profundos de la pobreza material, es válida. En algunos casos pasa, los menos.

 

¿Por qué? Porque no solo depende de eso! ¿Cuánta gente se mata trabajando? probablemente esforzándose más que otra, para ganar la mitad, un cuarto, o menos, usando su tiempo solo para eso, para ganar dinero, sobrevivir, aunque a veces ni para eso alcance.

 

Hay personas que siguen pensando en la posibilidad de una lucha contra el dinero, contra el sistema como lo conocemos. Yo creo que es en vano. El dinero no es malo per se. La clave está en el tiempo que necesitamos para generarlo y la ilusión que nos genera ganarlo pensando que nos está dando tiempo, cuando en realidad estamos pagando tiempo con tiempo.

 

En Australia es interesante. Acá, si querés trabajar dos veces por semana (en cualquier rubro), te cubrís alojamiento y comida. Vivís bien y ahorrás. Así de simple.

 

No estás eximido de trabajar pero podes elegir cuanto si cumplís con un mínimo. Los famosos oficios, como los conocemos en Argentina, no son lo peores pagos. Acá, son muy bien pagos, de los mejores. El laburo físico en Argentina está desprestigiado, acá está muy bien valuado, remunerado. La idea de que sacrificar el cuerpo es igual de valioso que sacrificar la mente está muy presente.

 

Sin entrar en especificidades, ni conocer mucho en detalle todas las variables que hicieron que la vida en Australia sea posible así, diría de forma aventurada que es hacía un lugar parecido a ese al que hay que orientar el rumbo.

 

En este mundo globalizado, tecnológico, esquizofrénico y agrietado que muchas veces percibimos, también hay una oportunidad, hay cosas lindas, herramientas interesantes de aprovechar, hay posibilidades de una vida sana, alegre, en paz, en donde uno elige de una forma más o menos libre lo que quiere hacer, lo que le gusta hacer, en que gastar su tiempo.

 

Me niego a creer en la idea de que hay edades para hacer o no hacer distintas cosas, de que ya estamos tarde. Me niego a creer en eso aunque a veces se apodere de mí, inevitablemente.

 

Facundo Cabral dijo alguna vez: «Esos que te dicen ya es tarde, que tengo 60 años… Einstein a los 60 años empezó a estudiar griego antiguo».

 

Creo que una vida que vale la pena ser vivida pasa lejos de cumplir con exigencias que nos pone o nos ponemos a partir de un otro. Pasa por utilizar el tiempo de nuestra vida para hacer lo que nos llene, para cargar de sentido el día a día. Para leer ese libro a la mañana que te gustó, para meditar o ver la serie que te llamo la atención, para trabajar en un banco porque te gusta la atención al cliente, para aprender un nuevo idioma como Einstein o para tomar sol cada vez que puedas porque te llena de energía.

 

Esto fue un montón de ideas desordenadas pero que en mi mente cierto orden tienen.

 

 


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