La mirada de los demás cuando nos manifestamos tiene un peso relativo. Para algunos, ese peso es mayor que para otros, pero, indefectiblemente, emitir opinión sobre algo trae aparejado la reacción de un otro.
Las opiniones que expresamos en cualquier espacio de intercambio o debate parecen encasillarnos, casi de manera instantánea, en categorías que quizás no nos representen. Es como si alguien se hubiese robado los colores de una paleta y quedasen pocas opciones para elegir. Si decís «A», sos kuka, progre, o zurdo; y si decís «B», un gorila o un facho. Si justificas el reclamo de un jubilado, sos un piquetero; y si creés que alguien que prende fuego un patrullero tiene que ir en cana, justificas la dictadura militar.
El lugar del medio es incómodo porque, si te parás ahí, desde esta lógica de hiperpolarización política, más o menos que adherís a la teoría de los dos demonios. Cosa absurda.
Al lugar del medio se lo come la espiral del silencio. Nadie quiere sentarse en esa silla por miedo al aislamiento.
En cada espacio compartido con otros argentinos, surge la pregunta: ¿Qué está pasando en Argentina? Y me encanta. Siempre siento que es mi momento. Primero, porque me informo constantemente, así que la función como comunicador la puedo cumplir. En segundo lugar, el hilo que me une con la política de nuestro país es inquebrantable.
El problema es que a veces se torna bastante engorroso. No solo contar qué estuvo pasando, sino también opinar sobre lo que pasó. La realidad es que todos los días surge algo nuevo y todas las semanas la agenda temática es distinta a la semana anterior. El criptoquilombo del Javo quedó en el olvido y hoy el tema en cuestión es la marcha por los jubilados, las peleas dentro del Congreso, la represión, los barrabravas y de quién tiene la culpa de todos los males.
Es confuso. Visto desde afuera, por lo menos a mí, se me hace aún más complicado el análisis de lo que está sucediendo. Además de estar atravesado por mi subjetividad, mis posturas y mis opiniones, cosa que dificultan aún más el trámite de escribir estas líneas.
La dificultad más importante a la hora de comunicar radica en que los hechos pasan rápidamente por el filtro de la discusión política hiperpolarizada, que desvirtúa cualquier reflexión. Los extremos llaman la atención, siguen de moda. No hay lugar para la mesura y la prudencia. La objetividad se pinta de anhelo soberbio, cualquier realidad es discutible y el espacio del medio no solo no es popular, sino que es irritante. Garpa más ir a fondo con una postura aunque no te identifique que no sentirte identificado y pararte desde ese lugar. Hoy hasta personas que coinciden terminan discutiendo por fuera del contenido que estaba en discusión.
En cada intercambio que se da sobre lo que estuvo pasando los últimos días, la confusión es total y, a la hora de opinar, es aún mayor. La información que recibimos parece tener más sesgos que nunca, lo que pone impedimentos en la construcción de opiniones más cercanas a la realidad, a pesar de estar en el momento más democrático en cuanto al acceso y la producción de información, de la historia de la humanidad.
En este mundo de las redes sociales, de la posverdad y de las fake news, se torna cada vez más difícil en qué creer y desde dónde fundamentar nuestras opiniones, cosa que nos aleja de el sentido común. Ojo, antes quizás un jefe de redacción limitaba de que iba a hablar la opinión pública de manera discrecional. Hoy eso se diversifico y cualquiera puede ser formador de opinión.
Estos días en Australia, charlando con varios argentinos, noté una necesidad de defender a ultranza el lugar donde uno elige pararse, y en el temor a ceder algo en la búsqueda de un poco más de sentido común, vi personas deshumanizándose.
Un diálogo que ejemplifica lo que quiero decir sonaría así:
A: —¡Qué horror lo de la policía! ¿Cómo van a reprimir así a los jubilados? ¿Cómo le van a pegar así a una abuela? Siempre lo mismo.
B: —Bueno, pero la abuela no era ninguna santa. El video está sacado de contexto, un poco se lo merecía… ¿O no te diste cuenta cómo le estaba pegando con el bastón al policía? Además, eso fue un caso aislado. La policía reprimió a los violentos que prendieron fuego a un patrullero también. ¿En ese caso está bien?
A: —Y bueno, sí, ahí está bien… pero también le pegaron un balazo con una cápsula de gas a un fotógrafo que estaba trabajando. Ahora está luchando entre vivir o morir.
B: —Sí, pero ¿no viste? El fotógrafo es militante y opositor. Estaba sacando fotos a los policías para después armar un relato de que hubo una represión salvaje, cuando no fue tan así. Además, ¿qué hacía sacando fotos en medio del conflicto? ¡Un inconsciente!
A: —Pero la policía es un desastre, siempre reprimiendo en manifestaciones pacíficas. A veces me da la sensación de que, con este gobierno, volvimos a los tiempos más oscuros de la historia argentina… como cuando desaparecía gente.
B: —Me parece que estás exagerando un poco. Además, la realidad es que siempre que se quiere establecer orden en una manifestación multitudinaria donde se genera conflicto, es muy difícil distinguir entre quienes se manifiestan de forma pacífica y quienes no. Además, eran todos barrabravas, eran todos quilomberos. Y te digo algo: si no estaba la policía, quizás te metían un golpe de Estado.
A: —No entendés nada. No había ni barrabravas ni quilomberos. Todo lo provocó la policía, como siempre. Toda la gente que había eran manifestantes pacíficos, muchos jubilados que cobran dos pesos de pensión y no se pueden comprar medicamentos ni comida. Seguro los que prendieron fuego a los patrulleros fueron los mismos policías de civil.
B: —Ah, sos muy zurdo.
A: —Vos sos muy facho.
Este diálogo ficticio no se aleja mucho de la realidad que fui escuchando en estos últimos días. Lo interesante es que no queda solo en delirios y opiniones de charlas de café, sino que dichas posturas reflejan los dos polos en los que se ubican las opiniones predominantes de la discusión.
Es como si en todas las discusiones o charlas sobre política existiera la necesidad de pararse en un bando.
No seamos necios, esto pasa hace mucho tiempo, pero la realidad es que parece haber menos espacio para la duda y la sospecha que nunca, y lo curioso es que las fuentes y los canales de información son cada vez más. El escenario es complejo. Hoy la formación de opinión va desde un medio masivo de comunicación hasta un usuario en las redes, y, aun así, se exige que las personas tomemos partido a muerte entre dos visiones antagónicas. El lugar del medio es más incómodo que nunca. Pero, por menos popular o de moda que esté, es indispensable.






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