¿Puede una película cambiar tu forma de ver la vida?
Perfect Days, de Wim Wenders, termina de pegarte el cachetazo cuando Hirayama, el protagonista de esta historia, le dice a su sobrina, en el icónico puente Sakurabashi sobre el río Sumida: «Kondo wa kondo, ima wa ima». En español: «Ahora es ahora, después es después».
Sin contexto, puede sonar a intento cliché berreta de bienestar emocional que nos propone escaparle, a través del ahora, a una vida de mierda, conformarnos con lo que toca y gastar lo que ganamos para satisfacer necesidades del día a día. Solo placer y consumo, haciendo de ellos lo que ordena las prioridades de nuestra vida y las razones por la que nos levantamos todos los días.
Bueno, no. La propuesta es otra. Algo así como detenerse en la rutina para conectar con lo único que existe, lo único que realmente pasa: el presente. Y no omitir las posibilidades de apretar un pedazo más de realidad, atendiendo la necesidad de cumplir con mandatos autoimpuestos por la comparación con nuestro entorno, tensión que se logra apreciar en la vida de Hirayama cuando el pasado se presenta a través de la figura de su hermana, alguien que eligió otro estilo de vida. A pesar del poco texto, la historia pone de manifiesto esa tensión.
Perfect Days no es una película convencional, con introducción, nudo y desenlace. Acá no pasa nada y pasa todo. No se devela ningún misterio, no se salva el universo de aliens poderosos ni se resuelve una guerra entre países ni egos. Acá pasa la vida: lo más importante e insignificante a la vez, sin contradicción.
La película no busca contar algo que nunca se contó ni brillar entre otras, objetivo que podríamos adjudicar a la mayoría del cine que consume un no cinéfilo. La historia de Hirayama tiene más similitudes con la historia de facto de casi toda la población mundial que con la mirada aspiracional que tenemos todos sobre nuestra propia vida. Y claro, su vida no plantea “grandes” objetivos. Se levanta, riega las plantas, escucha música en cassettes, limpia baños públicos de Tokio, se baña en un onsen, a lo sumo come en su bar preferido, vuelve a su casa, lee y se va a dormir. Eso, todos los días. Probablemente lo que hacemos todos. Ni más ni menos. Después, matices.
En el imaginario colectivo, los grandes proyectos, sueños, la ambición y el hecho de realizar algo extraordinario, plantean una contracara que más o menos todos reconocemos: esfuerzo, meritocracia, constancia y suerte. La película cuestiona esta visión, pero no desde el lugar de una antítesis (no se expresa una crítica a esas virtudes), para nada, sino que se plantea, simplemente, desde la propuesta de reflejar una realidad común que trasciende poco como virtuosa: la de experimentar lo ordinario o, en definitiva, encontrar lo extraordinario en lo considerado ordinario.
La vida de Hirayama refleja una vida en la que no solo vale la pena vivir por una vida “exitosa” en términos profesionales o materiales, sino que también vale una vida en la que podamos encontrarle la vuelta, a pesar de no tener el trabajo soñado. Que la vida es mucho más que el trabajo. Regar tus plantas, sacar una linda foto, contemplar la luz que se mete entre las hojas de un árbol, escuchar una canción que te emociona, comer tu plato preferido o bañarte con agua caliente. Es un montón.
Entre algunas personas que vieron la película, la crítica principal es la supuesta “romantización de un trabajo de mierda”. Me pregunto: ¿Por qué no se puede estar bien limpiando baños públicos? ¿Por qué es un trabajo de mierda? Sin darnos cuenta, muchas veces filtramos la vida de los demás a través de nuestros ojos, sin detenernos en el componente despectivo que comprenden nuestras opiniones cuando intentamos generalizar, justamente, esas opiniones. Muchas veces caemos en este tipo de visiones por la propia incapacidad de lograr nuestros “grandes” objetivos, búsqueda que no se contradice con el planteo de la película.
No se trata del trabajo como creador de sentido en tu vida, sino del sentido que uno le imprime al trabajo. Si tu trabajo le da sentido a tu vida, buenísimo, aunque, poniendo la realidad en la que vivimos sobre la mesa, eso no sea representativo de los tiempos que corren, ni siquiera de los que corrieron. La realidad es mucho más diversa que eso y, en la mayoría de los casos, el trabajo no le entrega al ser humano una sensación de realización. Quizás esa no sea la única búsqueda posible.
En el intento de “ponernos en el lugar del otro”, nos creemos lo suficientemente importantes como para sostener lo que el otro quiere o necesita y aseveramos que limpiar baños públicos es un trabajo precario y, por ende, no deseable. Ahí está la clave. No en todos lados es un trabajo precario, y esa palabra es la que hace que cometamos el error de estigmatizar ese tipo de trabajos y mezclarlo con el sentido de la vida de un ser humano, denigrándolo.
En Argentina, esos trabajos están precarizados. Si pagasen mejor, la elección de realizarlos sería simplemente una cuestión de intereses personales y, por ende, una decisión más libre. La mirada llena de juicio de una sociedad que rechaza y caracteriza como indignos a ese tipo de trabajos, sumada a salarios miserables, es lo que genera una escala que los pone en el fondo de la lista y una superioridad intelectual que, en definitiva, no es importante.
Volviendo a Perfect Days, no es romantización de la pobreza, del trabajo precario, monótono, repetitivo, sin grandes “ambiciones”, conformista. Es una crítica a ese tipo de discurso contemporáneo en el que el pesimismo inunda todo análisis de la realidad y la salida más fácil ante la imposibilidad de cumplir cualquier proyecto personal es culpar al sistema: “Vamos hacia una sociedad en la que todos somos Ubers o Rappi”. ¿Qué piensan? ¿Que no hubo Ubers o Rappi en otro momento de la historia? ¿Qué piensan? ¿Que todos siempre fueron sommeliers o astronautas, pilotos de avión o filósofos, escritores y famosos? Con eso no estoy diciendo que la realidad no sea una mierda en muchísimas cosas; de hecho, lo es. Intervenir para cambiarla es lo único que queda, pero Perfect Days no aborda eso, y pretender que lo aborde, o criticar que lo omita, es no entender el mensaje.
Hoy en día, en redes sociales, están muy de moda los conceptos de la cultura japonesa como filosofía de vida. El cerezo japonés, o sakura, simboliza la belleza efímera, la fragilidad y la fugacidad de la vida. Perfect Days es un cerezo en flor. Es la manifestación artística de eso mismo. No es casualidad que Hirayama calme la ansiedad de su sobrina en el puente Sakurabashi con la frase “Kondo wa kondo, ima wa ima”. La única manera de contemplar el cerezo y su belleza efímera que dura la primavera, es conectar con el presente, consciente de la fugacidad de ese momento. ¿Qué sentido tiene castigar el cerebro con la ansiedad de proyectos futuros que no se van a lograr sin construcción en el presente? No hay futuro sin ahora, no hay ahora sin pasado. El ahora es la única fase ejecutora. Lo otro es decorado.
Perfect days no solo responde a la pregunta planteada al principio. Definitivamente si, una película puede cambiar tu forma de ver la vida. Ahora, abre grandes interrogantes, al punto de generar cierta incomodidad: ¿Qué hacemos con nuestra vida al sabernos insignificantes? ¿Nuestras decisiones serían las mismas? ¿Nuestros proyectos? Sabernos insignificantes no es la invitación a una vida apática. Todo lo contrario. Es despojarse de todo lo que nos aleje del deseo, acercándonos un cachito más a la libertad.
Si vas a ver la película, te recomiendo que no esperes nada. Intentá desconectar del mundo virtual y poner atención en el presente, en la película, nada más.





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