Después de seis largos años, Phoebe Bridgers volvió. Lost Weekend es su tercer disco y, contra todo pronóstico, consigue algo que parecía imposible después de Stranger in the Alps y Punisher: ser todavía más triste. Pero reducirlo a eso sería una lectura demasiado superficial

Lost Weekend es un disco sobre duelo, pero también sobre amor, pérdida, disfuncionalidad y, sobre todo, sobre intentar encontrar un lugar dentro de una vida que ya no se parece a la que conocíamos.

Oriunda de Pasadena, California, la cantautora siempre tuvo una habilidad particular para convertir la incomodidad en canción. Si me tomo la libertad de dar una opinión personal, es probablemente la mejor artista de su generación haciendo eso. En los últimos años, muchos músicos indie intentaron replicar su crudeza, su sensibilidad, su humor negro y esa manera tan particular de mirarse a sí misma sin ningún tipo de indulgencia. Pero nadie lo hace como ella.

Bridgers no se presenta como víctima ni como heroína. Se muestra, muchas veces, como una persona difícil. Egoísta, contradictoria, cruel. Sus canciones son ingeniosas y se sienten como un diario íntimo que decidió dejar abierto sobre la mesa. Una mirada al espejo sin ningún intento de romantización.

En Punisher, publicado en plena pandemia, ya había conseguido separarse del resto de los artistas que habitaban ese universo del sad indie. Con Lost Weekend, redobla la apuesta.

Lost Weekend y el duelo

Una de las heridas que atraviesan el disco es la muerte de su padre, con quien Bridgers mantuvo una relación distante y compleja. En sus letras parece sugerir que la muerte no necesariamente simplifica las relaciones, sino que las vuelve todavía más difíciles de procesar.

Hay cosas que durante la infancia parecen normales simplemente porque no conocemos otra forma de vivirlas. Con el tiempo aparece el resentimiento, la distancia, la imposibilidad de perdonar. Con la muerte, llega la regresión.

“I wasn’t too young to understand / I just didn’t think it was so bad / And it wasn’t, in a way / And now there is nothing”.

El reconocimiento de que hubo dolor convive con la dificultad de reducir una relación entera a ese dolor. En este disco logra poner en palabras el amar a una persona que también te hizo sufrir, sostener el resentimiento y el cariño al mismo tiempo. Hacer duelo por alguien que quizás nunca fue exactamente quien uno necesitaba que fuera, pero a su vez vivir bajo sus enseñanzas.

Todos quieren a la chica rota

Lost Weekend también se toma su tiempo para sus canciones de amor y desamor. Hay una canción en particular que yo estaba esperando, porque sabía que iba a hablar de este concepto: la romantización de la chica «rota» o hasta «mala». 

Misteriosa, depresiva, impredecible, es objeto de deseo tanto de hombres como mujeres. (Hablando estrictamente de estereotipos heterosexuales), ellos quieren estar con ella, ellas quieren ser ella. Hombres con complejos de salvador y mujeres que les gusta verse a sí mismas como personajes de una película. Por favor, estamos hablando de una generación que creció con Effy Stonem. 

The Governor’s Waltz es despedida a una relación que alguna vez pareció contener todo: intimidad, humor, complicidad, dos personas que parecían entenderse. Una relación de la que ella escapa. 

“You deserved better, you wanted me”. Bridgers recae nuevamente en el espejo y en la idealización por parte de quien era su pareja. En sus letras hay un desprendimiento brutal de una relación que desde afuera podía parecer perfecta. La persona que está del otro lado la quiere, la idealiza y quiere encontrar algo en ella, algo que ella misma ya no está interesada en ofrecer.

“Watch me pretend to sleep / I’m next to you / You’re next to nothing”.

Al final de la canción, escribe sobre ser reemplazada por alguien que, en muchos sentidos, parece representar una versión más amable y ordenada de lo que ella nunca quiso ser. Alguien que puede ocupar su lugar, incluso pretender ser ella, sin cargar necesariamente con todo aquello que hacía tan difícil estar con ella. 

Parecería que termina diciéndoles: son exactamente lo que necesitan.

“And she can pretend to be me / Since she took my place in my bed on that stage / I have not lost any sleep / Being myself wasn’t easy / Do it for me”.

Una vida que ya no existe

Otro concepto que me fascinó de Lost Weekend es la manera en la que retrata las versiones anteriores de una vida. No solamente las personas que dejamos atrás, sino también las versiones de nosotros mismos que existían cuando esas personas todavía estaban ahí.

“Never going back again / the way it used to be is not the way that it is”.

Aceptar que no se puede volver a una época anterior es tanto triste como aliviador. El disco parece ser el registro de alguien intentando ubicarse en una vida que ya no se parece a la anterior. No necesariamente porque quiera volver, sino porque todavía está tratando de entender qué hacer con todo lo que quedó atrás. El paso del tiempo es inevitable y no queda otra que seguir adelante, incluso cuando una parte de nosotros sigue mirando hacia atrás.

Curiosamente, hace poco vi Synecdoche, New York, de Charlie Kaufman. Una película que retrata los arrepentimientos de un hombre que plasma su vida en el arte como un intento para encontrarle sentido a su existencia. Una película donde lo ves envejecer y ves al mundo a su alrededor perecer. Una película que, cómo espectador, te hace ser demasiado consciente del paso del tiempo y de la muerte de una forma sumamente deprimente y angustiante.

Podemos volver sobre los lugares, las personas, los recuerdos, las canciones, incluso intentar reconstruirlos en nuestra cabeza una y otra vez. Pero el tiempo ya pasó. Y nosotros ya no somos las personas que vivieron eso. No siempre necesitamos volver. A veces simplemente necesitamos aceptar que aquello que extrañamos ya no existe. Y a seguir.

Cuando terminó la película de Kaufman no me podía dormir, lo único que pensaba era “no sé cómo voy a hacer para levantarme mañana”. 

Será que justo esta semana estuve demasiado consciente de la muerte y de que algún día voy a ser vieja. Hay gente que tiene un don para volcarlo en arte y a ellos les debo mi eterno agradecimiento. Phoebe Bridgers es una de ellas. 

Con Lost Weekend, nos regaló una nueva forma de poner en palabras cosas que parecen imposibles de procesar. Sea, en mi caso, una película que me regaló una noche de insomnio; o, más universalmente, un duelo, la frustración de sentirse convertido en un personaje que nadie quiere ser realmente, o la resistencia humana a aceptar que el tiempo sigue pasando, aunque no estemos preparados para hacerlo. 


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