El terror en el cine no es para todos, pero debe ser el género que más me divierte ver. Lejos de ser considerado “serio” dentro de la industria, históricamente estuvo apartado del resto y muchas veces quedó relegado en los grandes reconocimientos. Pero en los últimos años se viene dando un cambio de paradigma donde el terror dejó de ser visto como un simple género de entretenimiento y empezó a ocupar un lugar cada vez más relevante dentro del cine de prestigio.
Este cambio se ve reflejado tanto en la recepción crítica como en el reconocimiento que algunas de sus películas están empezando a recibir en los grandes premios. Lo vimos con Get Out, película disparadora de este fenómeno, y más recientemente con el éxito de películas como The Substance, Sinners y Weapons.
Es increíblemente reconfortante ser contemporánea al éxito de este género, más que nada porque abre paso a nuevas historias y a nuevas formas de contarlas.
Ayer fuimos con Manu a ver Obsession y la pasamos horrible. Saliendo de la sala terminamos debatiendo, una vez más, la diferencia irreconciliable que tenemos como espectadores de terror: a él no le gusta pasarla mal, ergo, no le gusta la película. Para mí es parte de la experiencia y diría que, cuanto peor la paso, más contenta me voy.
En Obsession la pasás mal de principio a fin.
La película sigue la historia de Bear, un joven inseguro perdidamente enamorado de su compañera de trabajo y amiga, Nikki. Ese amor no parece ser recíproco y él no se anima a decirle cómo se siente. Tienen una linda amistad, cálida, de mucha confianza y complicidad, pero él quiere más. En su desesperación entra la carta sobrenatural del género: un hechizo llamado willow wish, en el que pide el deseo de que ella lo ame más que a nadie en el mundo. Con el cumplimiento del deseo se desata su condena.
Es importante hacer un punto en el éxito que está teniendo esta película: se filmó con un presupuesto de 750 mil dólares y ya recaudó más de 459 millones alrededor del mundo, lo que la convierte en la producción de menos de un millón de dólares con mayor recaudación de la historia del cine y, de paso, en la película de terror original más taquillera de lo que va del siglo XXI.
Lo que explica el éxito de Obsession no está tanto en la premisa del horror que se desata, sino en algo mucho más profundo y angustiante que persiste durante toda la película: la privación absoluta de la libertad de Nikki. Al comienzo te muestran cómo era una chica con sueños propios, aspiraciones concretas y que, además, confiaba genuinamente en el vínculo que tenía con su amigo. Bear, en su impaciencia, en su egoismo y en su inseguridad, no se anima siquiera a intentar vivir el proceso de las relaciones humanas. Ese proceso incómodo y lento de conocer a alguien, mostrarse vulnerable y generar una conexión. Así, Obsession se convierte en una película de terror sobre los vínculos modernos.
Parece ser, en parte, una analogía trágica de lo que es la cultura de las citas contemporánea. Buena parte del romance actual también busca evitar la vulnerabilidad a cualquier costo y, en lugar de darse el tiempo de conocer a alguien, salta directamente a los juegos, a la manipulación, a la performance, a la presión emocional disfrazada de intensidad. Bear no recurre al deseo porque no tuviera otro camino posible hacia Nikki, sino porque no está dispuesto a arriesgarse a la incertidumbre que exige un vínculo genuino.

Es esperable en las películas de terror la seguidilla de malas decisiones que desencadenan en tragedia, pero acá pega distinto. Es angustiante. Las malas decisiones no nacen de una torpeza, sino del egoísmo de un hombre inseguro que jura amar a alguien y que, al mismo tiempo, no encuentra ningún problema en arrancarle su autonomía. Porque quien se enamora de él no es Nikki, sino otro personaje que no existe, y él lo toma igual porque cumple con su fantasía.
Nikki deja de ser dueña de sus propias decisiones. De un momento para otro, sus deseos, sus tiempos y hasta sus pensamientos empiezan a estar subordinados a un sentimiento que no eligió tener. Es irónico porque los recursos de terror de la película son las acciones de Nikki en su locura, pero lo verdaderamente terrorífico es que le arrebatan la posibilidad de decidir por ella misma: la certeza más básica que tenemos las personas de que, al menos, nuestros propios sentimientos nos pertenecen.
Quizás ahí esté una de las razones por las que el terror está encontrando un lugar cada vez más grande dentro del cine contemporáneo: porque se está dando espacio a un género más complejo, mejor escrito y que no necesita recurrir exclusivamente a lo sobrenatural como único recurso. El verdadero horror empieza a aparecer cuando las historias encuentran algo que podemos reconocer en nuestra propia vida: la ansiedad, la obsesión, la soledad, el miedo al rechazo, la necesidad de controlar o la dificultad de aceptar al otro como alguien completamente ajeno a nosotros.
Obsession funciona justamente porque, detrás del hechizo y de todo lo que se desata después, hay algo mucho más cercano y reconocible, que es el terror de confundir el querer a alguien hasta el punto de dejar de verlo como una persona y empezar a verlo como algo que nos pertenece.






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