Este newsletter quizás sea medio un bajón. Lo lamento. Hoy, este es el lugar donde puedo compartir algunas cosas que pienso. Me parece que está bueno, si encaras lo que viene sin la carga negativa que suele tener el tema. Quizás sea algo recurrente en tu vida también.
El lunes tuve taller de escritura, de Santiago Llach. Me sumé en la computadora. Buena parte de mis compañeros de taller estaban ahí, en la casa de Santiago. Virtual éramos dos, Simón y yo. El desde Barcelona, yo desde Buenos Aires.
Que lunes triste. El más gris del año, por obvias razones. Tenía un texto para leer. Algo que ya había empezado a escribir hace semanas. Sin cerrar. A lo largo del día lo terminé. Me pareció que valía la pena compartirlo.
El domingo fue la muerte de Messi en mundiales, y el principio de un final ya presente. Perdón por la palabra, un poco exagerado, pero es verdad. Por lo menos desde que terminó el partido del domingo lo viví así y me está cayendo la ficha. El domingo murió algo muy importante, y que duró mucho. ¿Más o menos veinte años viendo a Messi jugar? Bueno, eso. Es terrible.
No tuve mejor idea que retomar ese texto en el que escribo sobre mi relación con la muerte. En forma de cuentito. Un tema recurrente en mi vida. En la de todos, seguro.
Toqué algunas cosas que no me gustaban y agregué otras que quería decir. A las siete, cuando me conecte en el zoom para el taller, Santiago propuso arrancar con los virtuales: “Felipe, ¿arrancas vos?», dijo, en tono de pregunta no tan pregunta. No me dio opción. Tampoco la necesitaba. Quería leer. Y leí.
Un día no conté más, titulé. Dice así:
Todas las noches pensaba en la muerte. También pensaba que el momento antes de dormirme tenía que ser de calma, sin ruido, una pausa de la rutina y todas esas cosas que pasan durante el día en automático, en la superficie.
No me pasaba, el momento previo a quedarme dormido era el más caótico. Aparecían todos esos pensamientos de la finitud. Pensaba en qué pasaba después. ¿Llegaría al cielo? ¿Habría infierno? ¿Un purgatorio? Pensaba en la posibilidad de dormirme y no despertarme nunca más. Pensaba lo grande del universo y en nuestra existencia insignificante. Que claustrofobia, pero también pensaba en que mi vida es lo único que tengo, lo más valioso, lo que más me importa y entre pensamientos así oscilaba mi cabeza. ¿Cuánto esfuerzo le pongo al día a día? ¿para qué? si al final no tiene ningún sentido. Me desesperaba, me agarraban ataques de pánico, o de ansiedad, no sé, nunca los traté
Durante años despertaba a mis viejos para que me ayuden a calmarme. De más chico me quedaba durmiendo con ellos, pero a medida que fui creciendo ya me avergonzaba la necesidad de acudir a un tercero, de no poder resolverlo solo, ya estaba grande, ¿Qué es estar grande? que mierda estar grande. Me comparaba con los demás asumiendo que a todos nos pasa, o aunque sea a algunos, y que nadie llora por angustia existencial. Al revés, pensaba que hay que seguir y seguir, seguir escribiendo aunque no tenga sentido, aunque esté todo dicho, seguir viviendo aunque no tenga sentido. Así que dejé de despertarlos, a mis viejos.
En un momento escribía, leía, con la idea de que el sueño me venciera, pero nunca lo lograba. La muerte estaba ahí, con su guadaña, esperándome. Tarde o temprano me encontraría, y eso me desesperaba. ¿Qué si cae un meteorito ahora mismo? ¿Qué si rompe la chapa y me cae justo en la cabeza? ¿O si cae un avión encima de todas las casas de la manzana? ¿O peor: qué si cae un meteorito gigante en el mar, formando olas de kilómetros de altura inundando todo el mundo? ¿Ni siquiera voy a poder verlo por estar encerrado en mi cuarto, mirando el techo sin poder dormir, pensando en la muerte? ¿Eso es todo? ¿Esa es la vida? Y yo esforzándome por caerle bien a los demás, por llegar temprano al trabajo, por ir a misa los domingos, por pagar mis impuestos y por hacer mi cama a la mañana. ¿Dónde está Dios? ¿Dónde estás, Dios?, me preguntaba. No lo veía.
Al final de todas esas noches de pensamientos de mierda que me hacían tan mal, me dormía.
La única forma de hacerlo era contando ovejas, y algo curioso es que nunca conté más de cien. Nunca llegué. Durante muchos años de mi vida, todos los días, conté ovejas todas las noches. Siempre me quedaba dormido antes de llegar a cien, o al menos no me acuerdo nunca haber contado ciento uno.
Intenté dormirme de otras formas, pero la más efectiva siempre fueron las ovejas en mi cabeza. Cerraba los ojos, por segundos veía fosfenos, y de repente lograba construir una imagen en movimiento. Iba dibujando un pedazo de campo, verde, muy verde y elevado, tipo una sierra pero no tanto, y un cielo celeste, muy celeste. Pensaba en una tranquera blanca y lograba que aparezca ahí arriba, y al final pensaba en las ovejas, que corrían desde un lado de la tranquera y saltaban pasando al otro. Las hacía pasar de a una y empezaba a contar. A veces aparecían otros pensamientos y perdía la cuenta. Bueno, eso pasaba al principio. Después fui afilando la mente, y mi nivel de concentración en ese campo, en esa tranquera blanca y en que saltaran, mejoró y mejoró. Fueron muchos días, meses, años. Ayer conté ovejas por última vez. Conté una y me dormí. No pensé en la muerte, me di cuenta de que no tiene sentido pensarla tanto, como no tiene sentido pensar tanto en volar como si los brazos fuesen alas, o respirar abajo del agua como si el cuello tuviese branquias. Está bueno pensarlo de vez en cuando, para darle un sentido al sinsentido.
Nos vamos a morir y no hay vuelta atrás. Quiero empezar a dormir tranquilo, sin dormir para siempre.






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