¿Soñás con la casa propia? Yo también. Pero hace rato que hay algunas trabas en el camino.
El fin de semana pasado, en la sobremesa, después de comer unos gloriosos fideos con estofado que cocina Silvia, la mamá de mi novia, se discutió sobre un tema recurrente cuando hay dos generaciones presentes. La nuestra, la de los jóvenes (en esa categoría entro yo, por ahora) y la de nuestros padres, tíos, suegros. El acceso a la casa propia.
Si bien no llegamos a ninguna conclusión clara de por qué ellos sí y nosotros no, por el momento, me quedaron resonando algunas preguntas: ¿Cuáles son realmente las causas de estas diferencias? ¿Son tan diferentes los contextos? Y, para mí, las más importantes y sobre las que quiero escribir hoy: ¿Es una batalla perdida? ¿Hay algo que podemos hacer o reclamar para que esto cambie?
La respuesta puede parecer sencilla. Ellos atravesaron su juventud y adultez en la década de los 90′, conocida por condiciones económicas más favorables y un acceso al crédito más sencillo. Y nosotros, los jóvenes, estamos armando nuestras armas en un país que no crece hace 15 años.
Hasta ahí perfecto, ya lo resolvimos. ¿O no? Hay algunos factores más en los que me gustaría profundizar.
Por un lado, y no voy a mentirles que un poco de consuelo me da, no estamos solos. Es un problema global. La vivienda, la educación, hasta la energía, todo se volvió más caro. Los salarios, por más buena posición en al que estés, parecen no alcanzar. Ese futuro que la democracia siempre prometió, el de trabajo = ahorro = propiedad = familia, se pone cada vez más en duda. Pero más allá de que creo que la inflación tiene siempre su porcentaje de la culpa, puede haber otras explicaciones.
Hace unos días leía un newsletter de Alberto Ades (un abogado y economista con varios años de experiencia en el mercado financiero en Nueva York), donde mencionaba algo que me pareció interesante y que viene directamente al caso: las propiedades no son solo la vivienda de las familias, sino también un activo financiero que funciona como reserva de valor. Así como los grandes ahorros del mundo invierten en acciones, bonos y estructurados financieros, también lo hacen en propiedades alrededor del globo.
Ningún salario local puede competir contra el ahorro planetario buscando refugio”, dice Ades, y no puedo estar más de acuerdo.
Otra hipótesis que puede responder a esta situación es algo que se habló bastante en redes (o por lo menos fue lo que me mostró mi algoritmo) hace unos días: las pirámides demográficas están cambiando de forma, se invierten (qué algoritmo raro, chabón). Las explicaciones ya las conocemos: vivimos más y tenemos menos hijos. Sencillo. Pero personas más viejas implican una mayor demanda de activos seguros (ladrillo, nene), más recursos que nosotros, los jóvenes, tenemos que transferirles y, a su vez, más recursos que las generaciones adultas acumulan y nosotros no heredamos.
Esto último me recuerda a un argumento que leí en este otro newsletter que desarrolla sobre un punto que me pareció interesante: el dilema del prisionero intergeneracional.
Si no sabés qué es el dilema del prisionero, está todo bien, no tenés por qué saberlo. Resumiéndolo en una oración: dos personas que, actuando en su propio interés, terminan peor que si hubieran cooperado.
Entonces, volviendo, la idea es más simple de lo que parece: cada generación toma decisiones que afectan a la siguiente, y muchas veces esas decisiones son racionales para quien las toma, pero afectan directamente a quien las hereda.
El texto nos muestra dos caras. La cara del «pasado»: las generaciones anteriores, racionalmente, capturaron recursos del sistema. Sistemas jubilatorios funcionales, gasto público orientado al consumo, etc. No lo hicieron con mala intención. Lo hicieron porque podían y porque el sistema se los permitía.
La cara del «futuro»: los jóvenes también actuamos racionalmente, por ejemplo, escapándonos del sistema. Informalidad, no apostar al largo plazo, no ahorrar en el sistema financiero.
¿Para qué aportar a una jubilación que no vas a ver? ¿Para qué ahorrar en una moneda que históricamente pierde valor?
Esas decisiones individuales son comprensibles. Y son devastadoras en conjunto porque destruyen la base fiscal que financia exactamente las condiciones que necesitamos para acceder a la vivienda. Y una tendencia mundial a vivir cada vez más y tener cada vez menos hijos exacerba estos comportamientos o esta “lucha” de generaciones.
De todas formas, no termino de estar de acuerdo en que “alejarnos del sistema” es algo que los jóvenes elegimos racionalmente, sino más bien una consecuencia de que este mismo, por lo menos en Argentina, está roto.
Todo lo anterior es un problema global. Pero en Argentina hay una capa adicional que hace la situación aún más difícil, y se puede ver en un dato muy concreto: el mercado de crédito hipotecario prácticamente no existe. Y una de las principales razones por las que no existe tiene nombre: el riesgo país.
Si bien la idea de que existe una oficina en Wall Street, en un importante banco, donde se juntan todos los días un par de señores de traje a leer las noticias de nuestro país y, en base a eso, adjudicarnos un número a discreción que muestre el riesgo que representamos, es divertida no hay nada más alejado de la realidad.
Pero entonces, ¿qué es el riesgo país? Y, más importante, ¿por qué es importante y qué tiene que ver con lo que venimos hablando?
Para hacerla simple, cuando hablamos del riesgo país, hablamos de la diferencia que hay entre lo que rinden un conjunto de bonos de un país con lo que rinde un conjunto de bonos (parecidos en fechas de vencimiento) de los Estados Unidos que en el mercado están catalogados como bonos “libres de riesgo”, ya que esos bonos se pagan con unos billetes que ellos mismos imprimen y su demanda fue siempre muy profunda.
Entonces tenemos que, si el promedio ponderado del conjunto de bonos del tesoro de Estados Unidos rinde, digamos, 4% y el promedio ponderado del conjunto de bonos soberanos de Argentina rinde 9%, vamos a tener que el riesgo país (esa diferencia entre 9 – 4 = 5) va a ser de 500 puntos. Pero ¿de qué depende esa diferencia? Bueno, principalmente de la confianza que le generes al mercado de que le vas a pagar lo que te presta. Si no te tiene mucha confianza, te va a pedir más recompensa, porque está tomando un mayor riesgo al prestarte.
Pensalo así, suponete que viene tu mejor amigo de toda la vida, que le va bien, que tiene un buen laburo, que nunca tuvo problemas financieros, y te pide que le prestes plata por x motivo que en unas semanas te la devuelve. Seguramente se la prestes sin pensarlo mucho. Es tu mejor amigo, le va bien y sabés que no va a haber problema en que la plata vuelva. Confiás en él.
Otra cosa muy distinta sería que el amigo de un conocido tuyo, que no sabés bien en qué negocios anda metido, te pide esa misma cantidad de plata. Seguramente lo pienses dos veces, y si sos muy generoso y le prestás, seguramente exijas algunas otras garantías. Bueno, así funciona, pero entre países.
¿Qué tipo de deudor creés que es Argentina? Sí, ese conocido que no sabes bien qué hace. Por eso mismo es que nuestro riesgo país es históricamente más alto que el resto de los países comparables. No somos confiables. Y esto no es gratis. Tener que pagar tasas altas por endeudarnos implica tener que recaudar mayores impuestos para pagar esas tasas. Tanto impuesto asfixia y achica al sector privado, el cual necesitamos para que pague esos impuestos, para pagar esas tasas, etc., etc.
Pero hay otra consecuencia de un riesgo país alto y es la que tiene que ver con lo que venía escribiendo: esas tasas altas suben el piso de las tasas de toda la economía. Y los bancos, que funcionan en esa economía, no pueden ofrecer créditos más baratos que lo que les cuesta financiarse a ellos mismos. Además, cuando el riesgo país aumenta, es porque los bonos soberanos que mencionamos antes caen de valor, y los bancos, que están llenos de estos bonos en sus carteras, ven afectados sus balances y, en consecuencia, su capacidad prestable.
Por último, los créditos hipotecarios tienen que ser a largo plazo, 20 o 30 años por lo menos, y para que un banco ofrezca eso, necesita tener ciertas certezas o garantías. Por ejemplo, que las reglas de juego no cambien radicalmente en ese período de tiempo. Un riesgo país alto, o volátil, hace muy difícil calcular la tasa en la que el banco gana, pero a la vez el deudor pueda y le sirva pagar. Entonces, el crédito no aparece.
Por todo esto creo que es importante, como ciudadanos y sobre todo como jóvenes, que exijamos políticas que apunten en la dirección correcta: menor déficit fiscal, para necesitar pedir menos prestado. Mayores reservas para poder pagar lo que pedimos y reglas que no cambien cada cuatro años, y así, de a poco, ganar la confianza del mercado, para que las tasas bajen y el terreno esté listo para que los créditos salgan a jugar.
No sé si va a pasar. La historia reciente da razones para la cautela. Pero tampoco creo que la respuesta correcta sea bajar los brazos y asumir que la casa propia es un privilegio de otra generación, como si fuera una ley de la naturaleza y no el resultado de decisiones.
Vamos a necesitar paciencia, sí, como cierra su nota en Berrinche Bauti Zorrilla, que seguro ya leíste y, si no, te invito a que lo hagas. “Vamos a necesitar paciencia. Paz y Ciencia ¿Podremos los argentinos mantener la paz y confiar en la ciencia? Ahí se juega todo. Ojalá nos salga bien.”






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