Tenía 15 años cuando decidí ir a la primera marcha de Ni Una Menos. Era el 3 de junio de 2015 y un mes atrás el cuerpo de Chiara Páez había sido encontrado enterrado en el patio de su novio. Chiara tenía 14 años y fue asesinada por querer llevar a cabo un embarazo que ni su novio ni su familia deseaban.
El machismo es algo que las mujeres experimentamos desde que tenemos uso de la razón. Con 15 años ya me estaba acostumbrando a los comentarios de los hombres cuando volvía del colegio caminando por Avenida Centenario en uniforme. Pero cuando leí la noticia de Chiara se me revolvió el estómago. Ya sabía de casos anteriores (Candela, Ángeles) pero no había caído en la cuenta de que el machismo mata hasta ese entonces.
A la marcha fui sola. No porque quisiera ir sola, sino simplemente porque no sabía con quién. Viviendo en San Isidro, las marchas feministas ya tenían mala reputación. «¿Sabías que también están a favor de la legalización del aborto?» Qué sabía yo en ese entonces; era la primera vez que me empezaba a cuestionar las cosas. Pero si había algo que sentía era que tenía que ir. Porque algo en el pecho me apretaba cuando leía los nombres en el diario y cuando escuchaba a la gente hablar de esas chicas como si hubieran tenido algo que ver con su propia muerte.
Me acuerdo del ruido, del verde y del violeta, de los carteles escritos a mano y de las velas. Se respiraba un clima de angustia colectiva, y cada segundo que pasaba me sentía peor. En algún momento de la marcha, entre el empuje de la gente y el humo de las bengalas, empecé a llorar. Lloraba por Chiara, por Sandra, por todas las que no podían caminar porque ya no estaban. Lloraba también por el miedo, por la realización de que esa era la vida que me deparaba como mujer. Ese miedo que aprendemos sin que nos lo enseñen, que llega por su cuenta.
Fue ahí cuando una señora de unos cincuenta años me miró. Tenía el pelo corto y estaba muy abrigada. No me preguntó si estaba bien, no me dijo nada. Simplemente me dio la mano y caminamos juntas el resto de la marcha. No intercambiamos nuestros nombres. Cuando llegamos al Congreso nos separamos y nunca más la vi.
Hoy, once años después de aquel 3 de junio, las mujeres volvemos a marchar. Pienso en ella. Pienso en su gesto. Una mano desconocida ofrecida en silencio, en un país donde, desde aquel día, hubo 3.205 mujeres que nunca pudieron tomar la mano de nadie porque alguien se las arrebató para siempre.

Los números no alcanzan para explicar lo que representan. Son nombres que no entran en una estadística, son camas vacías, son llantos de madres, mensajes que nadie va a responder, cumpleaños que van a doler para siempre.
La marcha de hoy tiene caras y nombres que la convocaron.
- Agostina Vega, 14 años. Córdoba. Desapareció el 24 de mayo. Su familia la buscó. Las autoridades tardaron en activar los protocolos. Cuando la encontraron, ya era tarde. Claudio Barrelier, el principal sospechoso, tenía vínculo directo con la familia. No es un caso aislado: en el 85% de los femicidios, el autor del crimen es alguien conocido.
- Noelia Carolina Romero, 30 años. Buenos Aires. El sábado 27 de mayo, Tomás Adrián Núñez llamó al 911 para avisar que tenía secuestrada a su novia y que planeaba matarla. La policía llegó. Escuchó los gritos de Noelia desde afuera. Y durante horas, negoció. Cuando finalmente decidieron entrar por la fuerza, ya era tarde. La encontraron sin signos vitales, con heridas de arma blanca en el tórax y el cuello. Estaba viva cuando llegaron y estaba pidiendo auxilio. El sistema que debía protegerla, por inoperancia, terminó siendo cómplice.
- Dulce María Candia, 17 años. Misiones. Salió de su casa el 17 de mayo hacia una iglesia cercana y no volvió. Su familia denunció la desaparición, pero vecinos y familiares criticaron abiertamente la falta de difusión oficial y la inacción del Estado. Once días después, la encontraron en una obra en construcción abandonada, en avanzado estado de descomposición. La autopsia confirmó asfixia mecánica.
Tres casos en los últimos días. Tres nombres que circulan en las redes, que sus familias lloran, sobre los que la gente opina: que si salía, que por qué la mamá no le estaba más encima. Y aún así, once años después del primer Ni Una Menos, nos encontramos explicando que esas preguntas no importan, que no fue culpa de ellas. Once años después, nos encontramos explicando el concepto de femicidio no solo a nuestros conocidos, sino a nuestros representantes políticos.
En enero de 2025, desde el Foro Económico Mundial de Davos, Javier Milei dijo algo que vale la pena citar textualmente porque no hay paráfrasis que haga justicia a su ignorancia: «Llegamos al ridículo de normalizar que en muchos países si uno mata a una mujer se llama femicidio y tiene una pena más grave que si mata a un hombre. Legalizando que la vida de la mujer vale más que la del hombre.»
Necesito pausar acá. Respirar. Pensar en Agostina, en Noelia, en Dulce María y en las 3.205 mujeres que fueron asesinadas en estos 11 años. Y explicar, una vez más, aunque ya no debería hacer falta, por qué Milei está equivocado y por qué ese error no es inocente.
El concepto femicidio no existe para decir que la vida de una mujer vale más. Existe para nombrar un fenómeno específico: el asesinato de una mujer por ser mujer, como acto final de un sistema de control, dominación y violencia. Nombrarlo no es ideología. Es precisión. Es lo mismo que distinguir entre un accidente de tránsito y un ataque terrorista: ambos matan, pero tienen causas distintas, contextos distintos, y requieren respuestas distintas.
«El femicidio no es un crimen de pasión. Es el acto final de un patrón de control. Nombrarlo no es ideología: es precisión.»
El ministro de Justicia, Mariano Cúneo Libarona, fue más lejos: anunció la intención del gobierno de eliminar la figura del femicidio del Código Penal. «Ninguna vida vale más que otra», dijo. La frase suena razonable hasta que te preguntás por qué, en el 85% de los casos, quien mata es alguien de la familia o el entorno íntimo. Por qué el 63% de los crímenes ocurren en la propia casa de la víctima. Por qué el 22% de las jóvenes menores de 17 años asesinadas habían sido previamente desaparecidas.
Si todas las vidas valen igual, ¿por qué las que terminan sistemáticamente en manos de parejas, exparejas y conocidos son casi siempre las mismas? ¿Por qué tiene nombre ese patrón en todos los sistemas jurídicos del mundo que se toman en serio la prevención?
Mientras tanto, el gobierno eliminó el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad (ministerio creado por un expresidente golpeador), desfinanció el programa Acompañar, redujo a cero las políticas de prevención. Y cuando los números del Observatorio «Ahora Que Sí Nos Ven» muestran que en 2026 ya van 99 víctimas letales de violencia de género, la respuesta oficial es que los homicidios de mujeres bajaron, usando una categoría genérica que, precisamente, no registra la especificidad del femicidio.
Cuando Agostina desapareció, hubo demoras. ¿Por qué? Porque había un partido de fútbol. Cuando las mujeres van a las comisarías con moretones, con miedo, con pruebas, hay formularios que no se llenan, llamadas que no se hacen, medidas perimetrales que se otorgan en papel pero no se custodian en la realidad. El 17% de las víctimas de femicidio ya habían denunciado. El 10% tenía una medida judicial activa.
Y sin embargo, las mataron.
A los hombres que llegaron hasta acá: les pido un favor.
No les pido que marchen. Les pido que hablen. Cuando un amigo diga algo desubicado sobre una mujer, háganselo saber. Cuando escuchen un chiste, no se rían. Cuando un colega minimice lo que le pasa a una mujer de su entorno, no se queden callados. Háblenlo en las juntadas, en el asado, en el grupo de WhatsApp. Saquen el tema ustedes, y cuando salga, no lo esquiven. Pregúntense en voz alta por qué pasa esto, incomódense.
Los femicidios no empiezan con un crimen. Empiezan con años de pequeñas violencias normalizadas que nadie detuvo, con chistes que se dejaron pasar, con situaciones a las que se les dio la espalda. La conversación entre hombres es uno de los lugares donde eso se puede romper. No necesitan tener todas las respuestas. Solo necesitan estar dispuestos a hacerse las preguntas.
Hoy las mujeres salimos a marchar de nuevo. Sigo pensando en aquella señora de pelo corto que no me preguntó si estaba bien y que simplemente me dio la mano. Eso es lo que construimos cada vez que salimos a la calle: una red de manos que se sostienen, símbolo de algo muy real: las mujeres nos cuidamos entre nosotras.
Agostina tenía catorce años. Noelia, treinta. Dulce María, diecisiete. Yo tenía quince cuando empecé a entender que el miedo que cargaba tenía nombre. Que no era mío solamente. Que era de todas.
Once años de Ni Una Menos. Tres mil doscientas cinco mujeres que no están. Un gobierno que niega el problema. Una sociedad que todavía tiene que aprender a creerles.
Y nosotras, una vez más, en la calle. Con las manos ocupadas: sosteniendo carteles, sosteniendo velas, sosteniéndonos.






Deja una respuesta