“Hoy, la política es, en la medida en la que sea televisión (…) mimética y ultrarrealista, la televisión construye a su público para poder reflejarlo, y lo refleja para poder construirlo”. 

Podemos decir lo mismo de internet.

 

Sarlo, en Escenas de la vida posmoderna de 1994, describe lo que hoy se ve con facilidad. La profundización que inició al calor de los 90 muestra en esta Argentina 2026 su parodia más trágica. Habla Sarlo de la derrota de las formas tradicionales de hacer política, de los elementos que le sirven a la televisión para generar el efecto que la mantuvo como hegemónica durante más de cinco décadas. Todo lo dice 30 años atrás. 

 

Lo que me hace pensar en ese sentido común malísimo que reza que Argentina cambia mucho todos los días y a la vez nada cambia con el trazo grueso de dos épocas. Me gusta más pensar que Sarlo vió algo que inició allá y que cala hondo acá, como todo proceso de construcción simbólica con una profundidad que no podemos superar.

 

Eso que algunos llaman la espectacularización de la política y que para Sarlo tiene que ver con la entrega de la construcción política a la selva audiovisual desde el momento en el que los políticos “renuncian a aquello que los constituyó como políticos: ser expresión de una voluntad más amplia que la propia y, al mismo tiempo, trabajar en la formación de esa voluntad.” 

 

Pensar en esos términos explica la proliferación desordenada de canales de streaming que vivimos los últimos años bajo la ilusión de influir mínimamente y con poca plata en la agenda mediática. Esto último me lo dijo Fede Simonetti, uno de los creadores del canal País de Boludos (PDB). 

 

 

Sarlo describe este fenómeno de forma precisa: “las imágenes significan cada vez menos y, paradójicamente, son cada vez más importantes”.

 

 

Hablamos mucho de todo esto en Queda Acá. Me interesa una sola cosa más para hoy. Lo privado y lo público. Qué es cada cosa en esto que vivimos hoy. Es fácil ponerle a la pandemia la responsabilidad de las deformaciones de la lógica público/privada del capitalismo que vivimos. A mí me gusta pensar que este par que explica bastante de todo el aparato simbólico del capitalismo empezó una transformación crítica larguísima y la pandemia fue su colmo.

 

 

Vamos primero con lo que dice Sarlo: “La violencia cotidiana aconseja el repliegue privado. Y en el centro del mundo privado, brilla la pantalla siempre despierta”. Listo, lo explica todo. Hablamos de pantallas, ya no de televisión exclusivamente. Pantallas, cualquiera: vertical, horizontal, canales, plataformas. La forma más hipnótica de mediatización que encontramos. El fin de la experiencia de primera mano. Todo debe estar encasillado en un mood. 

 

Por supuesto no voy a hacer una línea de tiempo del par público/privado, la lectrua feminista del par, la economisita, el culturalista y hasta el psicologisita. Todos imprimen en ese par un sentido que explica parcialmente algo de la lógica en la que vivimos. Cada uno tiene actores que pasan por esos lugares: La mujer para el ámbito privado y el hombre público. El positivismo económico que reza lo privado como bueno y lo público como malo.

 

En Escenas de la vida posmoderna, Sarlo desarrolla el prototipo de Doña Rosa, un ideal de consumidor televisivo que acata, idolatra y expresa los preceptos básicos del neoliberalismo noventero. Por eso lo espectacular de Norma Plá, una figura que transgrede ese ideal. Pero eso son los noventa, que ya pasaron hace 30 años. Ahora el prototipo es otro: emprendedor, jóven, varón, conservador líquido, individual en estado de soledad. Fogoneado por storystellings poco desarrollados que hablan de que tener plata te hace hombrecito y que si no tenés es obviamente porque sos un vago o un pelotudo. 

 

El ideal de hoy tiene su soporte técnico: el teléfono, las IAs y los algoritmos. No es casualidad que la promesa de internet haya terminado en esto. Esa promesa implicaba el acceso irrestricto a información, una revolución que es derrotada ampliamente con la ponderación de contenidos, algoritmos. Doña Rosa también contaba con su soporte técnico, la televisión. 

 

De los noventa para acá solo hubo un cambio de ideal de consumo y construcción de sentido: pasar de Doña Rosa a la potencia de una juventud disgregada y dispuesta a militar desde el lugar que el mercado demanda: el de la producción masiva de contenido para construir un sentido común ideal y consecuente con las necesidades de los 5 chabones dueños de las plataformas.

 

Por supuesto voy a terminar con una frase de Sarlo, “sería necesario averiguar hasta qué punto la televisión necesita de una sociedad donde esos lazos sociales [corroídos por la modernidad] sean débiles, para presentarse ante ella como la verdadera defensora de una comunidad democrática y electrónica amenazada y desdeñada por quienes no escuchan sus voces ni les importan sus reclamos”.

 

Bueno, hasta acá. Gracias por leer, perdón por demorar. Este newsletter debería haber salido el sábado y hablaba de lo poco que entiendo la coyuntura rara que vivimos. Será el próximo, quizás. Me copé con el libro de Sarlo. Que grande Sarlo. Ya lo dijo todo, posta. 

 

Nos vemos la próxima semana. 


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