Hola! ¿Cómo estás? Otra entrega de Queda acá en un intento desesperado de que las cosas no se me pasen sin pena ni gloria. Que algo quede estampado, que le pueda hacer honor a una sensación que me pasó por el cuerpo. 

 

Podemos leer a este gobierno como una maquinaria bastante aceitada de producción de escándalos diarios. Hablamos mucho en Queda acá del escándalo, esa forma de espectáculo que, de un plumazo y sin tanta vuelta, define personajes, le otorga características y saca conclusiones. Coloquial, vulgar y efectivo, el escándalo obliga a tomar posición, domina cualquier debate, lo hace atractivo y te involucra directamente. El gobierno demostró lo tremendamente eficaz que resulta ese compendio de herramientas para dominar la agenda pública. 

 

Si algo caracteriza a este gobierno es que te obliga a hablar de un tema a la vez, descontextualiza cualquier cosa que pase. Sea un tema positivo o negativo para el propio gobierno, la acción demanda formas lineales de tratamiento. Pasó con libra, cuyo calibre impacta reincidentemente en eso que se llama agenda pública. Pasó con Espert, con Andis, con Adorni. Si cierra una empresa el gobierno lleva la discusión a la particularidad del caso como si no fuese algo estructural. Todo lo que sucede se convierte en un activo que oculta no solo las condiciones dramáticas de un modelo económico claramente agotado sino también pareciera inhabilitar perspectivas de construcción de un modelo alternativo. 

 

No es una práctica novedosa pero sí su efectividad. Gana casi todas las veces que la tira afuera, que embarra y distrae. ¿Qué estamos dispuestos a hacer por un piquito de rating? Es una pregunta que no se agota nunca. Desde las tetas de Graciela Alfano hasta un bolso de guita de algún dirigente poco discreto. El que domina el decimal conduce la agenda. El límite oscila entre la inminente caída del gobierno y el dominio absoluto de la escena, no cuenta con grises. Y nosotros siempre fuimos o blancos o negros, grises no vamos a ser en nuestra vida.  

 

Vamos a un caso: cierra Fate. Primero domina la noticia: una empresa de más de 80 años despide a 900 trabajadores y cierra sus puertas. El gobierno construye rápidamente un escándalo: personifica un culpable, le construye un contorno a un personaje y le da entidad de enemigo a Quintanilla, el dueño que cierra. Lo sube al ring sabiendo que, en los términos del gobierno, Quintanilla no puede competir. Claro, ese calibre de empresario tiene otros métodos de injerencia pública y privada. Con el movimiento, el gobierno intenta distorsionar el hecho y ahora es más noticia la violencia con la que se refiere al poderoso empresario que el hecho en sí. Disimula las causas de la cantidad de gente que pierde su laburo, intenta romper la construcción que ubica al caso en un paradigma de lo que pasa todas las semanas con pymes y fábricas de todo el país y propone una premisa a la que inexorablemente debemos responder: ¿estás a favor o en contra de Quintanilla? Uno diría que está en contra. El movimiento del escándalo te pone entonces del lado del gobierno: Quintanilla es un empresario prebendario que no sabe competir en el mercado. De lo contrario, estás a favor de un tipo que te cobra 50% más el producto, especula con el ingreso de más de 900 familias y redirige su capital a sectores más competitivos. 

 

Pasa esto todas las semanas. Y todas las semanas caemos. Casi todas las semanas.

 

Porque esta semana que pasó fue mala para el gobierno. Por primera vez en el año no dominó la agenda por dos manifestaciones populares que desbordaron esa linealidad y descontextualización con la que se trata habitualmente cualquier cosa que pase: La enorme marcha por los 50 años del golpe y los más de 100.000 inscriptos en la audiencia pública que convocó diputados para tratar las modificaciones a la Ley de Glaciares. Trascienden ambos a la lógica del escándalo, son dos temas donde la ciudadanía de forma bastante transversal y autoconvocada plantea condiciones claras sobre lo que queremos que sea este país. Son manifestaciones que no se agotan en una agenda de derechos humanos y una ambiental simplemente, sino que trascienden y discuten el modelo económico, social y político que se impone. La narrativa del gobierno para los 50 años del golpe fue condenada a la malaria de la intrascendencia. La propia entrega de Adorni se puede leer desde la perspectiva de un escándalo que contribuye y le devuelve centralidad al gobierno, aunque no se agote en un mero hecho lineal de dispersión temática.


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