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Hola! ¿Cómo estás? Que bueno saludarte de nuevo.  

Debe haber más de 1.000 libros geniales sobre la definición de cultura pero hoy elijo pensar que la cultura es encontrarse con un otro, ni más ni menos. No hay cultura entre iguales. O, por lo menos, no de buena calidad. Es un terreno a explorar, me encantaría que me tires con una biblioteca encima pero como no estamos en esas épocas doradas donde parecía relevante discutir sobre qué poronga es la cultura, me tomo las licencias del caso. 

No hay cultura entre iguales. 

Escuché por ahí que estamos yendo hacia sociedades que se parecen mucho más entre estratos socioeconómicos que entre conciudadanos. Alguien con consumos de clase media se parece más a una persona con esos consumos del otro lado del mundo que a un vecino con un nivel distinto de consumo, cualquiera sea. Es una idea bastante instalada, un sentido común del que estoy un poco de acuerdo. 

En el mercado y en la justicia somos todos iguales, reza la utopía en la que vivimos. Es menos utópico el comunismo y vaya que el comunismo es utópico. Pero la promesa es que somos todos iguales, una mierda de promesa pero ataca al músculo más débil de nuestros sentidos: la búsqueda de la endogamia, de reconocernos entre iguales. Y la fantasía se explota en múltiples formas incluso, o sobre todo, bajo el mote de autenticidad. 

Se hace cada vez más difícil penetrar el muro que te separa de un otro. A la vez, se vuelve más demandante encontrar iguales. Y nuestras charlas se parecen, nuestras ropas se parecen, nuestros sueños, pensamientos y miedos se parecen. Una tortura. 

Pero precisemos la idea de un otro. Una persona con un recorrido diametralmente opuesto al tuyo. Con una organización familiar, usos y costumbres, reacciones y razonamientos diversos. Un otro. 

Mira lo que pasó con la escuela. Fue pensada y exitosa como modelo de unificación, como aparato simbólico del estado al servicio de formar iguales. Bueno encontró diferencias, las relacionó y otorgó una base de herramientas para afrontar un mundo, el del estado. Pero detengámonos en la potencia de juntar diferencias en cuatro paredes, o más precisamente, de poner en juego lo alterno en un espacio común. A eso pienso que se refería Sarlo cuando ponderaba la escuela y lamentaba la evidente decadencia de ese aparato. Es cierto también que siempre existen y existieron formas de volver a la endogamia: las escuelas del centro empezaron a quedar lejos. Se ponderaron escuelas en base a su nivel académico, lo cual nunca puede salir bien y si no me crees mirá el caso del Nacional Buenos Aires, endogamia hecha institución. Y después los colegios privados, instituciones patéticas directamente, que aparecieron de la mano de la desfinanciación casi constante y la falta de respeto hacia los obreros de ese constructo. Las mieles del modelo.  

Y ahora estamos en esta. Casi no hay espacios donde encontrar otros. El transporte público, hasta ahí. No se me ocurre ninguno más.   

Un otro es un salto al vacío y toda nuestra narrativa simbólica apunta a la abolición del otro a partir de categorías estereotípicas que no hacen otra cosa que distanciarnos o, por lo menos, si existe otro saber para dónde y con qué va a salir. Si estamos en la selva de lo desconocido necesitamos linterna. Y funciona para la autopercepción. Twitter te dice cómo ser peronista, libertario, progre, no progre y te vas encasillando solo para que un otro te vea y confirme que su categorización de eso que sos, aplica. Y se vuelve cada vez más difícil parar la pelota y escuchar. 

Y dudar. Sin la duda no hay debate. 

Este divague de un tipo que se colgó pensando en la ducha y decidió escribirlo se choca con los contenidos que se producen: streaming, tiktoks, reels. Le hablamos a iguales. Buscamos el igual o a la parte igual del otro. Esa parte que produce alguna emoción y nos encontramos con el sinsentido de entender que los enojados y los fascinados con un contenido son iguales, son uno. 

Ahora bien, es muy fácil producir contenido para iguales, para un nicho. Ponés a alguien que conoce y es reconocido por el nicho y se soluciona. ¿Pasa algo copado ahí más allá del reconocimiento? pareciera que lo único tolerable es la endogamia de iguales en situación de autoreconocimiento.   

Por eso se vuelve cada vez más grosa cada excusa que pueda romper esa endogamia, penetrar eso que parece imposible. Una catástrofe, un mundial, algo que una lo que está fatalmente disperso. 

Me voy a poner un poco termo para el final ¿dale? La potencia histórica del peronismo como forma de hacer política es esa: el sentimiento insistente de querer convocar al otro que incomoda.  No sé si hay una definición mejor de peronismo. No hay comunistas y capitalistas: hay lo que somos y nos tenemos que encontrar. Esa premisa es indiscutible y es el signo de su vigencia. Porque no alcanza con convocar a iguales. Se me viene una frase de los Ivan Schargrodsky´s de la vida que analizan y sueltan: le habla a los propios. Qué poronga significa le habla a los propios. Bueno, en fin. Estamos en esta. 

Gracias por llegar hasta acá. Somos pocos. Espero que te haya gustado. Lo charlemos.


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