Hola! ¿Cómo estás? Tres ya son multitud y tenemos nombre: Queda Acá. ¿Qué te parece?
¿Te resumo la entrega? En la tercera entrega de Queda Acá vamos a hablar del sujeto. De nosotros dos, vos y yo. Y ellos también, los que llamás gente para diferenciarte, para sentir que nosotros votamos bien y ellos no. Esta entrega concluye a las dos anteriores. Seguimos hablando de capitalismo de plataformas, del espacio y el tiempo que vivimos. De esas dos primeras entregas faltabamos nosotros, interpelados. Independientes, freelancers, emprendedores, creadores, nómades, solos, yo, nosotros nunca, nosotros no. Yo si.
Si no leíste las entregas anteriores, lo podés hacer antes de llegar a la última de este hilo.
El sujeto de la sociedad de las plataformas aparece unificado en su separación. La aparente participación en el imaginario democratizador que traía internet cayó por su propio peso. ¿Se acuerdan? lo de la aldea global, la ilusión de un globo conectado y cooperativo, open source, en permanente vocación de foro, horizontal, Taringa. La libertad de expresión en la superficie de la participación contradice al algoritmo. En el mismo momento en el que existe la ponderación, desaparece la participación libre de los seres humanos en estado forista. Eso es clave, ¿no?
La decisión sobre la ponderación decantó en un mecanismo raro que decidimos llamar algoritmo, del cual no conocemos nada, por lo menos yo. Según Nick Srnicek, los algoritmos “son expresiones de las prioridades comerciales de las plataformas. En su búsqueda de maximizar la atención y los beneficios, terminan configurando las relaciones sociales y económicas, favoreciendo patrones que refuercen su control y dominio sobre los datos.» (Srnicek, 2018). Me gustó esta frase, la quiero usar otra vez.
El sujeto de este capitalismo transcurre su vida entre pantallas y plataformas. Todas sus relaciones sociales están mediadas, a distintas velocidades, por plataformas. A la vez, aísla los cuerpos, los distancia. Se suma un otro, destino y distante, para todos igual, a casi cualquier relación, reagrupa lo separado, pero reagrupa separado.
Para Debord, “el lenguaje binario del ordenador es otra irresistible incitación a admitir sin reservas lo que ha sido programado según el deseo del otro, y que se erige en fuente intemporal de una lógica superior, imparcial y total.” (Debord, 1988). En 1988 lo dice el capo este. El deseo del otro es la objetivación del trabajo en Lukács, otro capo, un “fenómeno estructural fundamental que opone al hombre su propia actividad, su propio trabajo como algo objetivo, independiente de él y que lo domina en virtud de leyes propias, ajenas al hombre.” (Lukács, 1969). Esto de oponer al hombre a su propia actividad es una síntesis de época. Y no solo a su propia actividad, sino también a su propio entorno ambiental. A su propio cuerpo.
Pero hablemos del trabajo. Que es ordenador de relaciones, hoy y siempre. Una vez, un compañero de escuela me contaba que no se le ocurría qué estudiar cuando fuera grande porque no iba a haber trabajo que no sea hecho -mejor- por máquinas. Preocupado él. Quería ser escribano, pero lo descartó rápidamente. En su temor, la abogacía no era una respuesta. ¿Médico? No, tampoco. No sé qué terminó estudiando, pero sé que no está muy convencido y que sus miedos adolescentes hoy parecen cumplirse. Estoy un poco roto las pelotas de hablar del ChatGPT, pero ese nombre encarna los miedos que mi compañerito ya ponía en palabras en ese tiempo.
La pregunta es ¿En qué tiempo histórico idiota trabajar menos no es sinónimo de felicidad? En el tiempo en el que las facilidades técnicas y tecnológicas no están al servicio de la mejora en las condiciones de vida del conjunto. Debe haber pasado en otros tiempos, seguramente. Es una boludez decirlo, pero aparece como una ilusión que suma a la batería de ilusiones que sostiene a gobiernos que están abiertamente en contra de tus intereses todos los días: un aparente orden económico y social presente o futuro a cualquier costo, una promesa tecnologicista, algunos escándalos por semana para cambiar el foco y no mucho más.
La respuesta al miedo por perder el trabajo es una propuesta que a mí me atrae mucho: escapar de la relación de dependencia. Trabajá lo que vos quieras, cómo vos quieras, cuando vos quieras y desde donde vos quieras. Qué es lo mismo que decir: si vos queres más, trabajá más. ¡Tu destino sos vos, maquina! Lo que aparece como liberador, deviene dependencia. Pero es revolucionario plantear que la dependencia como relación ordenadora pueda dejar de existir. Si el socialismo o el comunismo pudiesen haber planteado una materialización tal, quizás las canciones eran otras. Y eso es lo que plantean los muchachines de las estafas piramidales y cursos. Pero también lo plantea el imaginario del streaming, en medidas parecidas.
Desarrollo esta última idea: ¿te acordás de lo bueno del streaming? Gente como uno, hablando tranca, de cosas, sin tanto formato ni tanto traje. Terminó siendo tele sin plata y con pocas ideas, poca gente, pocos derechos laborales. Si seguimos, el streaming tenía de bueno que nosotros dos, vos y yo, lo podíamos hacer. Pegarla y listo.
El hecho efectivo es que estamos aislados de todas las relaciones vinculares, porque, entre otras cosas, las plataformas solo aceptan a uno en su incesante necesidad de captar la atención. Nadie es como el propio algoritmo. Esa situación de espectador, se traslada al terreno de lo político demandando, en un abuso de linealidad, candidatos acordes a las necesidades de los algoritmos, que es lo mismo que decir, a las expresiones de las prioridades comerciales de las plataformas en su búsqueda de maximizar la atención y los beneficios. La política aparece, en esta lógica, bajo constante reclamo, como recurrente insatisfacción pero también, lo que es lo mismo, como incesante esperanza de una aparición espectacular. Nunca de una construcción política. Necesitamos sorpresa. Cristina hacé algo.
Ahora sí, tiene sentido el discurso individualista, meritocrata y egoísta que pululó siempre por las derechas del mundo. El capitalismo de plataformas otorgó un marco productivo y racional a esas expresiones otrora reaccionarias. Ese mundo de ideas, despreciado en principio por el primer discurso cooperativo con el que sentó las bases este capitalismo, encontró justamente ahí, un marco sólido para otorgarle objetividad y subjetividad a una idea ya muy conocida: cada uno se salva solo.
Ya no es tan loco el loco que habla en Animales Sueltos para 15 puntos de rating sobre escuelas austriacas.
Gracias por llegar hasta acá. Sos muy amable. Espero que te haya gustado. Me gustaría que lo charlemos. Discutamos.






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